18 de junio de 2009

La edad Dorada

LA EDAD DORADA (I)
Recuerdan el hermoso poema de Andrés Eloy Blanco, ¡una alabanza a la edad dorada!; donde describe que al envejecer, solo nos quedarán las manos, los labios y el silencio. Luego al observar a un anciano, pienso en los caminos recorridos detrás de esos pasos cansados, y trato de imaginar cuantos momentos y lugares hay debajo de esa profunda mirada; o que sin fin de cosas han hecho esas manos temblorosas, ¿Cuántos cuentos se agolpan en el frágil recuerdo de su memoria?. Quién pudiera tener la sabiduría de esperar pacientemente, y reírse del apresuramiento de la juventud.
En las sociedades antiguas se tendía a la gerontocracia, en otras palabras al gobierno de los ancianos, ser “viejo” significaba ser el portador de toda sabiduría y gozar de un estatus de prestigio, mientras que ser joven era un mero transitar entre la ignorancia y la erudición. Los jóvenes hasta podrían ser sacrificados, como se hacía en la Grecia antigua por Eurípides, quien los asesinaba porque su arrojo podría situar en peligro la estabilidad de las instituciones sociales. A partir de la segunda guerra mundial, con la emergencia de los grupos juveniles de los años sesenta, se exalta la juventud (situación que no cuestiono) pero los ancianos quedaron relegados al retiro, algo así como borrón y cuenta nueva, mirando con desaire la edad y el saber. Como proceso normal todos vamos “derechitos” a esa etapa en la que perdemos la flexibilidad de los tejidos, la lozanía de la piel, se funden algunas células cerebrales y con ellas se evaporan ciertos recuerdos, se convierten en tubos nuestros vasos sanguíneos, en general todo disminuye, y para esto por ahora, no existe ni masajes, ni saunas, ni cremas milagrosas, solamente el saber envejecer con gracia. Le dejamos a los investigadores el hecho de alterar este proceso, suerte en el intento.
Cuando en nuestras casas convivimos con un familiar mayor de edad, la vida en el núcleo debe cambiar, de acuerdo al grado de dependencia que este presente, y cual es su deterioro mental. Quizás al conocer las enfermedades que afectan a este grupo, podemos entonces elaborar estrategias, para vivir un poco el efímero sueño de la eterna juventud
Hay un cuadro psiquiátrico, que afecta aproximadamente el 3% de las personas de mas de 70 años y casi el 20% de las personas mayores de 80 años, y es la llamada enfermedad de Alzheimer, que no es otra cosa que la muerte lenta y progresiva de cada una de nuestras neuronas. Las personas comienzan por olvidos pequeños, un ama de casa olvida algo que coloco en la cocina a calentar; pregunta varias veces, que día y que hora es; y como le cuesta ubicarse en el espacio, abandona sus aficiones y se tornan apáticos; moverse y gesticular es cada vez más difícil, por lo que quizás comienzan a emitir frases que no puedo transcribir, en otras palabras se muestran muy agresivos y hostiles. Esta enfermedad evoluciona hasta el punto de no reconocer con quien compartió su crema dental por 40 años, olvidan los rostros de los familiares (la única ventaja de esta enfermedad es que todas las noches se acuestan con una persona diferente, sin sentirse culpable por ello); no entiende lo que se les dice, y uno tampoco puede ni siquiera intuir lo que hablan, en sus últimos estadios puede permanecen en cama todo el tiempo.
Ante que nada conserve la calma; evite dos actitudes: una es dejar que él haga lo que desea, si la actividad es peligrosa manténgase firme no lo deje; pero tampoco le prohiba que participe en las tareas de la casa; organice su vida en forma rutinaria: al vestirle preséntele la ropa en el mismo orden, la hora de comer, bañarse, etc. debe ser la misma; tome todas las decisiones por él. Si bien es cierto que no podemos impedir esta enfermedad, también lo es el hecho que “no hay mayor error que no hacer nada, porque solo se puede hacer un poco” (E. Borker). (Continua).

LA EDAD DORADA (II)
Cuando la enfermedad de Alzheimer toca el timbre de nuestra puerta, surge una serie de emociones ambivalente en los familiares en respuesta a ciertas creencias universales, los mecanismos son iguales a los que nacen cuando nuestra pareja nos manda a freír espárragos, - por cierto, bien lejos de ella -. Durante la Segunda Guerra Mundial, el día en que los Alemanes iniciaron su ofensiva contra Rusia, una unidad estacionada en el frente soviético envió el siguiente mensaje al comando general: “nos están disparando. ¿Qué hacemos?. A lo cual el comando general contestó”: ustedes deben estar locos”. Cuando la realidad es dolorosa desplegamos una serie de mecanismos para evadirla, pero de nada sirve negarla, ella estará allí. En una segunda fase, se reacciona con agresividad ¿por qué a mí?, “Que injusta es la vida”; aquí también pueden emerger sentimientos de culpa: “yo que no le di el cariño que necesitaba; tengo que estar siempre con él, porque no tengo derecho a divertirme sí él esta mal”. (Micheline Antonine Selmes, Jacques Selmes).
¿Qué hacer?: en primer lugar acéptelo como cualquier enfermedad; si siente culpa revise cuales son las raíces de la misma; si bien es cierto que nadie lo ama como usted, también lo es el hecho que usted tiene derecho a divertirse, requiere de espacio y tiempo libre, para descansar, busque a una persona que pueda ayudarlo en esta tarea. No se deje invadir por la tristeza “cinco minutos de felicidad iluminan todo un día”, el mejor remedio contra esto es, la risa y el optimismo.
¿Cómo manejar su comportamiento?:
- Cuando oculta sus olvidos: DÉJELO PASAR, de nada le valdrá razonar con él.
- Cuando deambula constantemente: DÉJELO HACER, siempre y cuando este dentro de límites seguros y no se haga daño.
- Cuando tenga ideas delirantes, alucinaciones, o tristeza: consulte con su médico (Diana Friel Mc Gowin 1994).
- Léale revistas, el periódico, etc. colóquele música, repítale constantemente que día y que hora es, háblele sobre los hechos cotidianos de la vida y sobretodo transmítale tranquilidad.
El camino para los familiares de una persona con Alzheimer es cuesta arriba, por lo que se hace necesario buscar apoyo de amigos y en el ámbito profesional. Hay una frase popular que es bueno tenerla en los bolsillos: “Señor, dame la fuerza para cambiar, aquellas cosas que puedo cambiar, la serenidad de aceptar aquellas que no puedo cambiar, y la sabiduría, para reconocer la diferencia”. (1999)