15 de abril de 2010

Bioética



El término «bioética» (del griego bios, vida y ethos, ética) es un nombre nuevo, utilizado por
vez primera por el oncólogo estadounidense Van Rensselaer Potter en su libro Bioética: un puente
hacia el futuro (1971), en el que propone la siguiente definición de su neologismo: «Puede definirse
como el estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias humanas y de la atención
sanitaria, en cuanto se examina esta conducta a la luz de valores y principios morales». Sin
embargo, debe tenerse en cuenta que estamos ante un término nuevo para afrontar una realidad ya
antigua. Como ha afirmado C. E. Taylor, ninguna profesión ha sido tan consciente como la medicina,
desde épocas tan antiguas, de las dimensiones morales implicadas en su ejercicio.
En efecto, la cultura occidental puede presentar el famoso juramento de Hipócrates (siglos VII
a.C.) como el primer testimonio de esa conciencia de la medicina sobre las implicaciones éticas de la
profesión. El juramento forma parte del llamado Corpus Hippocraticum o conjunto de escritos
atribuidos al que es calificado, con razón, padre de la medicina. Se considera, sin embargo, que el
juramento no tiene como autor a Hipócrates -y ni siquiera representa la forma de entender la praxis
médica en la Escuela Hipocrática- sino que procede muy probablemente de círculos neopitagóricos. El
juramento tiene dos partes fundamentales: en la primera aborda las obligaciones éticas del médico
hacia sus maestros y familiares, mientras que la segunda trata de sus relaciones con el enfermo. Este
documento, puesto bajo la autoridad del padre de la medicina, será recogido por la tradición
occidental, quitándole su inicial invocación dirigida a los dioses del Olimpo, y constituirá un documento
venerable en que se condensan las obligaciones éticas básicas que el médico deberá observar en el
ejercicio de su profesión.
Es importante subrayar que otras culturas, aunque no de forma tan precoz, poseen documentos
similares, con importantes puntos de contacto con el contenido del juramento hipocrático. Habría
que citar aquí el llamado «Juramento de Iniciación», Caraka Samhita, del siglo I a.C., procedente de la
India; igualmente, debe hacerse referencia a otros dos documentos, que tienen relación con la
tradición hipocrática: el juramento de Asaph, dentro del mundo judío, probablemente del siglo III-IV
d.C., y el Consejo de un médico, del siglo X d.C., que procede de la medicina árabe. Dentro de la
cultura china se citan Los cinco mandamientos y las diez exigencias, de Chen Shih-Kung, médico
chino de comienzos del siglo XVII, que constituye la mejor síntesis de ética médica de esta cultura. Se
ha afirmado que todos estos documentos tienen cuatro puntos coincidentes: En primer lugar, el
primero non nocere, «ante todo, no hacer daño» -al que más tarde nos referiremos-; la afirmación de la
santidad de la vida humana; la necesidad de que el médico alivie el sufrimiento y, finalmente, la santidad
de la relación entre el médico y el enfermo (que se refleja, sobre todo, en que el médico no puede
desvelar los secretos conocidos en su relación con el enfermo ni aprovecharse sexualmente de él).
La preocupación por los aspectos éticos de la medicina fue objeto de atención por parte de la
moral católica, que, en torno al 5° mandamiento, abordó temas especialmente referidos al inicio y final
de la vida. Al surgir en la Edad Media las primeras Escuelas de Medicina se adopta la costumbre, que
permanece vigente especialmente en el mundo anglosajón, de que los alumnos, al finalizar los
estudios de medicina, profesen solemnemente versiones actualizadas del juramento hipocrático, antes
de iniciar el ejercicio de la profesión.
Se ha presentado al médico inglés, Thomas Percival, como padre de la «ética médica», ya
que éstas son las dos primeras palabras del larguísimo título de su libro -al estilo de la épocadedicado
a ciertos aspectos éticos del ejercicio de la medicina. La obra de Percival, de inicios del siglo
XIX, responde, sobre todo, a una situación en que las tensiones entre los médicos, especialmente por
motivos de competencia profesional, eran muy intensas. Este aspecto es muy abordado en su obra,
por lo que se ha dicho que, más que un texto de ética, se trata de un libro sobre «etiqueta médica»,
que refleja las actitudes del gentleman por encima de las del médico sensible a la problemática ética.
Durante el siglo XIX comienzan a constituirse las primeras asociaciones o colegios médicos en
distintos países en que se subraya el interés por los aspectos éticos de la medicina. Surgen
igualmente los primeros códigos deontológicos, que sintetizan, desde los valores inspirados en la ética
hipocrática, las obligaciones que los médicos deben observar. Precisamente una de los funciones de
los colegios médicos será la de evaluar la ética de los profesionales colegiados en dichas
asociaciones. Un punto crítico en esta historia será la época nazi, que llevará a que 23 médicos
alemanes se sienten en el banquillo de los acusados del tribunal de Nuremberg, de los que 16 fueron
declarados culpables y siete condenados a muerte. Una consecuencia importante de la crisis de la II
Guerra Mundial será también la Declaración de Ginebra (1948), en la Asamblea de la Asociación
Médica Mundial, que significa una actualización de la ética hipocrática después de las brutalidades de
aquella conflagración bélica. En la 2ª Asamblea Mundial (1949) se adoptó un Código Internacional de
Ética Médica, inspirado en la Declaración de Ginebra y en los códigos deontológicos de bastantes
países.
Con posterioridad a esa fecha, deben señalarse dos líneas importantes. Por una parte y
especialmente en el mundo anglosajón, comienzan a aparecer códigos deontológicos referidos a
distintas especialidades médicas -en donde hay que situar los códigos de enfermería-. Por otra parte y
ante determinados problemas concretos, la propia comunidad médica desarrolla sus propias directrices
éticas: por ejemplo, a raíz de las experimentaciones nazis surgirá, inspirándose en la sentencia del
tribunal, el Código de Nuremberg, o de forma similar, se definen directrices sobre muerte cerebral ante
los primeros trasplantes cardíacos. Desde el campo religioso, específicamente el católico, a finales del
siglo XIX comienzan a aparecer las primeras obras monográficas dedicadas a temas de moral médica.
El origen del término «bioética»
Como dijimos, Van Rensselaer Potter utilizó en 1971 el neologismo de «bioética» en el mismo
título de su libro: Bioética: Un puente hacia el futuro. Este término se ha ido difundiendo ampliamente
en los medios de comunicación, y los que nos dedicamos a esta disciplina cada vez con menor
frecuencia nos vemos obligados a dar explicación del significado de este nombre cuando lo tenemos
que utilizar. En el caso español nos parece que la declaración de la Congregación para la Doctrina de
la Fe, Donum vitae, sobre la problemática ética de la procreación asistida humana, a la que los
periodistas con frecuencia calificaron como «el documento vaticano de bioética», sirvió para difundir
ese neologismo entre nosotros.
Como ha escrito recientemente W. T. Reich, existe una cierta discusión sobre la paternidad de
la palabra «bioética». Después de un estudio pormenorizado, llega a la conclusión de que fue efectivamente
Potter el que primero utilizó el nuevo término, pero que debe reconocerse también a André
Hellegers, obstetra holandés que trabajaba en la Universidad de Georgetown, una forma de paternidad
en la introducción del neologismo. Unos seis meses después de la aparición del libro de Potter,
Hellegers utiliza ese término para dar nombre al centro Joseph and Rose Kennedy Institute for the
Study of Human Reproduction and Bioethics en la citada Universidad de Washington, D. C. Reich
afirma que se puede hablar de un bilocated birth de la bioética, en Madison, Wisconsin, y en el centro
universitario de los jesuitas en Georgetown.
Ese doble lugar del nacimiento de la bioética tiene su especial relevancia por el hecho de que,
aunque debe reconocerse a Potter el origen del término, sin embargo dio a aquélla un contenido distinto
del que le ha correspondido en su desarrollo ulterior. Para el cancerólogo de Madison, el término
«bioética» tenía un sentido ambiental y evolucionista: «Como una nueva disciplina que combina el
conocimiento biológico con un conocimiento de los sistemas de valores humanos... Elegí bio para
representar el conocimiento biológico, la ciencia de los sistemas vivos; y elegí ethics para representar
el conocimiento de los sistemas de valores humanos». Potter aspiraba a crear una disciplina que fuese
como un puente -término del título de su libro- entre dos culturas, la de las ciencias y la de las
humanidades, que aparecían en su tiempo ampliamente distanciadas. Su preocupación era la
supervivencia tanto de la especie humana como de las culturas creadas por el hombre. Su objetivo era
crear un medio ambiente en el que pudiera realizarse una óptima adaptación del ser humano al mismo
ambiente. Por eso afirmaba que el objetivo último de la nueva disciplina era «no sólo enriquecer las
vidas humanas sino prolongar la supervivencia de la especie humana en una forma aceptable de
sociedad». Fue gran mérito de Potter escribir su libro en 1971 -antes, por tanto, de esos dos grandes
aldabonazos sobre la crisis medioambiental que fueron la 1 Conferencia Mundial sobre Medio
Ambiente, Estocolmo 1972, y el famoso informe Meadows de 1972 sobre «los límites del crecimiento»-
. La visión de la bioética que imaginó Potter era antropocéntrica -centrada en la supervivencia humanamás
que biocéntrica -en torno a la supervivencia de toda la biosfera-. Éste es, según Reich, «el legado
de Potter».
Sin embargo, el ulterior y floreciente desarrollo de la bioética iba a seguir los cauces que provienen
del «legado de Hellegers». El obstetra holandés entendió su papel como el de la partera que
sacaba a luz la nueva disciplina, no tanto a través de grandes publicaciones, sino estimulando el
diálogo mediante conversaciones y escritos. Entendió su misión también como un puente: «una
persona puente entre la medicina y la filosofía y la ética», suscitando el interés de los profesionales de
la ética en los problemas biológicos. De esta forma creó el primer centro universitario dedicado a esta
nueva disciplina. Este «legado de Hellegers» es el que se ha impuesto en los últimos 25 años,
viniendo a ser «un revitalizado estudio de la ética médica». Potter expresó su decepción por el curso
que ha seguido la bioética; reconoció la importancia de la línea impuesta desde Georgetown, pero
afirmó que «mi propia visión de la bioética exige una visión mucho más amplia». Pretendía que la
bioética fuese una combinación de conocimiento científico y filosófico y no solamente una rama de la
ética aplicada.
La reciente historia de la bioética
Para uno de los grandes especialistas estadounidenses en la nueva disciplina, Albert R.
Jonsen, la historia de la bioética, desde la perspectiva de su país, se centra en torno a los siguientes
hitos.
Probablemente el primer hito para el desarrollo ulterior de la bioética se retrasa hasta finales
de 1962, cuando la revista Life Magazin publica un artículo sobre los criterios de selección de los candidatos
a los aparatos de hemodiálisis renal recientemente descubiertos. Surge así el Kidney Center's
Admission and Policy en Seattle para responder a la pregunta sobre la forma de distribuir ese recurso
sanitario, creado un año antes, y para el que había muchos más potenciales receptores. La decisión
fue dirigirse a un pequeño grupo de personas, mayoritariamente no médicos, para revisar los dossiers
de los posibles candidatos. Para esta toma de decisión se pensó que las personas que habían
decidido en el pasado, sin duda los médicos, no eran las más idóneas. Se tuvo la conciencia de que la
justicia en la selección no era una destreza médica y que personas profanas lo podían hacer, mejor o
peor, pero sí más libremente y menos condicionadas por los intereses de los propios pacientes. De
esta forma se llegó a una solución totalmente nueva: los médicos delegaron en los profanos para que
tomasen la decisión: «Una prerrogativa que había sido hasta entonces exclusiva del médico fue
delegada en representantes de la comunidad».
Un segundo momento importante en la naciente historia de la bioética fue la publicación en el
New England journal of Medicine (1966) de un trabajo, firmado por Beecher, en que recogía 22
artículos publicados en revistas científicas y que eran objetables desde el punto de vista ético. La
historia de los experimentos humanos realizados sin cumplir las más elementales exigencias éticas
tenía un precedente brutal: las experiencias realizadas por los médicos nazis en los campos de con
centración alemanes. Sin embargo, lo que indicaba ahora el estudio de Beecher es que podía llegarse
a abusos similares, no por la maldad que se enseñoreó en la época del nacionalsocialismo, sino por la
misma naturaleza de la ciencia biomédica, que exige constantemente a los científicos eficacia,
productividad y originalidad. Los internos de los campos de concentración eran ahora personas pertenecientes
a los grupos vulnerables. Uno de los ensayos, criticados por Beecher, consistió en la
inoculación del virus de la hepatitis a niños afectados por deficiencia mental en un centro de
Willowbrook...
Cuatro años más tarde, el Senador Edward Kennedy sacaba a la luz el brutal experimento de
Tuskegee, Alabama, en que se negó el tratamiento con antibióticos a individuos de raza negra afectados
por la sífilis, para poder estudiar el curso de esta enfermedad. La opinión pública quedó profundamente
afectada por estos hechos y se abrió paso a la llamada Comisión Nacional. (19741978),
que marcó las directrices que deben presidir la experimentación en seres humanos, con un especial
énfasis en el respeto a los miembros de los grupos vulnerables. El Informe Belmont, que recoge las
deliberaciones de la Comisión sobre este tema, tendrá una enorme importancia en el ulterior desarrollo
de la bioética, como subrayaremos más adelante.
Un año más tarde, el 3 de diciembre de 1967, el Dr. Christian Barnard realizaba en el hospital
Grootc Schur de Ciudad del Cabo el primer trasplante cardíaco. Este hecho causó un enorme impacto
mundial en una sociedad que se acercaba a los grandes cambios culturales que se avecinaban en los
próximos meses. El trasplante de corazón no sólo suscitó la degradación a mero músculo cardíaco de
un órgano al que se le había dado una gran importancia cultural, sino que suscitaba serios
interrogantes éticos acerca del consentimiento del donante y, sobre todo, acerca de la determinación
de su muerte. Precisamente la Harvard Medical School, presidida por el antes citado Beecher, marcaba
poco después unas directrices que iban a tener una gran relevancia en los años posteriores. La
Comisión que propuso esas directrices contaba con la presencia de un teólogo: ya se percibió, por
tanto, que se estaba ante una problemática que desbordaba a los propios especialistas médicos.
Otro nuevo paso en la historia de la bioética tiene lugar en 1975 en torno al famoso caso de
Karen A. Quinlan, la joven norteamericana en estado de coma -como consecuencia de la ingestión
simultánea de alcohol y barbitúricos- y cuyos padres adoptivos, católicos practicantes asesorados por
su párroco, ante el pronóstico de irreversibilidad de su hija para una vida consciente, pidieron a la
dirección del hospital que se le desconectase el respirador que la mantenía en vida. Esto dio origen a
un polémico proceso legal en que, finalmente, el Tribunal Supremo del Estado de Nueva Jersey, en
una sentencia histórica de 1976, reconoció a la joven «el derecho a morir en paz y con dignidad». El
caso Quinlan abrió una gran discusión en torno al final de la vida y comenzaron a difundirse los
testamentos vitales, las llamadas «órdenes de no resucitar», las primeras legislaciones sobre las
directivas anticipadas...
Todo ello hizo que comenzase a penetrar con fuerza en el discurso bioético el concepto de
«calidad de vida». Poco después, en 1981, surge el gran debate en torno a Baby Doe, un neonato
afectado por el síndrome de Down y que padecía una atresia esofágica que exigía una urgente
intervención quirúrgica que le fue denegada en un hospital de Bloomington, Indiana. Surgen así las
llamadas «regulaciones Baby Doe», que suscitaron una intensa polémica en Estados Unidos y que hoy
exigirían, si se repitiese el caso de Bloomington, la necesidad de hacer al niño la operación quirúrgica.
Al comienzo de los años 80, la bioética está fuertemente consolidada en Estados Unidos y se
extiende por otros muchos países. Un porcentaje importante de los hospitales estadounidenses tienen
ya sus propios comités asistenciales de ética -hoy es una exigencia ineludible para la acreditación de
un hospital en Estados Unidos-. La enseñanza de la bioética se extiende por las Escuelas de Medicina
y se crea un gran número de centros especializados por todo el extenso territorio estadounidense; las
publicaciones sobre esta disciplina se han hecho desbordantes y difícilmente abarcables.
Podemos acabar este apartado con tres referencias adicionales, también muy importantes: la
creación en 1969 del Hastings Center y la posterior aparición de su revista en 1973, el Hastings Center
Report, en cuyo primer número D. Callahan, uno de los mas prestigiosos bioeticistas de aquel país,
publicó un artículo en que se recogía el término de «bioética». En segundo lugar, la publicación en
1978 de la Encyclopedia of Bioethics, una obra monumental, de consulta básica para esta temática, y
en la que su autor, el antes citado Reich, optó finalmente por la utilización del término de «bioética» en
el título. Y, finalmente, la decisión de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de asumir en
1974 este término como encabezamiento de toda esa amplia literatura que ya entonces se estaba
difundiendo.
Para Potter, la bioética es una nueva disciplina que reflexiona sobre los datos de la biología y
sobre los valores humanos al mismo tiempo. «He tomado el término bio para representar el
conocimiento biológico, la ciencia de los sistemas vivos. Y he tomado ética para indicar el
conocimiento de los sistemas de valores.» Nuestro pionero estaba convencido de que con la nueva
disciplina, por él denominada bioética, sería posible por fin construir intelectualmente un puente entre
dos culturas, la científico-experimental y la humanística. En consecuencia, Potter define la bioética
como la ciencia de la supervivencia. Y, además, tomando esa science of survival en un sentido global
como puente entre la biología y la ética. El enfoque global significa que la bioética potteriana tiene por
objeto la promoción de la calidad de la vida en general en todos sus componentes y no sólo en los
aspectos médicos. A Potter, preocupado más por prevenir que por curar, le interesaba de modo
prioritario una ética del medio ambiente como condición indispensable para la supervivencia del
hombre en este mundo. La bioética, por tanto, según el punto de vista potteriano, se define
formalmente como la ciencia de la supervivencia dependiente del medio ambiente. La bioética aparece en Potter asociada a la supervivencia de la humanidad como contenido
formal de la nueva disciplina inspirándose pensadores ecologistas. Según esto, ninguna ley biológica
asegura la continuidad de las especies vivientes, la especie humana sería el solo y único producto de
la evolución que sabe cómo ha evolucionado y evolucionará en el futuro y es el cometido de las
ciencias promocionar los aspectos evolutivos posibles que todavía no han tenido lugar. A la bioética
correspondería la exploración científica que permitirá en el futuro la supervivencia de la humanidad
desafiando la expoliación y destrucción del equilibrio del medio ambiente del que depende toda
especie viviente.
Las preocupaciones de Potter sobre la supervivencia de la vida en general y de la presencia
del hombre en particular las manifestó en su obra emblemática Bioética: un puente hacia el futuro. En
esta teoría del puente, denominada bioética, el autor presenta una visión global de la misma en el
sentido de que abarca los problemas que afectan al futuro del globo terráqueo y no sólo a los aspectos
que se refieren a la medicina del hombre. Dicho de otra manera, la bioética potteriana está integrada
por una ética de la tierra, de la naturaleza salvaje, de la población así como del uso y consumo de los
recursos naturales a escala mundial.
En su Global Bioethics de 1988 Potter mantiene este enfoque globalizador de la nueva
disciplina, por más que desde el Kennedy Institute se había impuesto un enfoque más restringido
centrado en prácticas prioritariamente biomédicas. La bioética debería desarrollar de una forma
realista el equilibrio entre el saber biológico y sus limitaciones, sin olvidar sus implicaciones
sociopoliticas y económicas. La bioética global significa que la bioética ofrece los principios
sapienciales de coordinación de la calidad de la vida física con la calidad de la vida ambiental y
ecológica. La calidad de la vida en general es inseparable de la calidad del medio ambiente en el que
se desarrolla. La supervivencia y la salud de la vida humana dependen del mantenimiento y de la
promoción de la salud del ecosistema.
Según Warren Reich, la bioética global puede entenderse en tres sentidos: 1) Global en el
sentido de que está en relación con la tierra entera, la bioética así entendida equivale a una ética
universal para bien del mundo. 2) Global en cuanto que abarca a todos los problemas éticos
relacionados con la vida y la salud, tanto humana o biomédica como ambiental o ecológica. 3) Global
por cuanto se refiere a la metodología adoptada para su estudio, incorporando todos los conceptos,
criterios y sistemas de valores correspondientes a las ciencias de la vida implicadas. Warren piensa
que Potter mantuvo siempre la visión globalizadora de la bioética equiparable a una ética
esencialmente ambiental o ecológica. Así pues, la bioética global, cuyo cometido específico es la
supervivencia de la humanidad, tiene que definir lo que es justo, adecuado o equivocado para garantizar
la supervivencia y protección eficaz de la biosfera. La bioética potteriana termina siendo
concebida como una ética global de la biosfera que asegure la supervivencia de la humanidad
promocionando la calidad de nuestro ecosistema
André Hellegers, obstetra de profesión, introdujo el término bioética en el ámbito académico y
de las ciencias biomédicas, en la administración pública y en los medios de comunicación. Promocionó
el desarrollo de la bioética, pero no escribiendo estudios sistemáticos sobre el concepto o naturaleza
de la misma, sino como una mayéutica, estimulando a que lo hicieran los demás. No se consideraba
personalmente bioeticista, pero decía actuar y comportarse como un puente entre la y la medicina, la
flosofía y la ética. La bioética era concebida por él como una síntesis de ciencia y ética. El componente
científico vendría dado por las ciencias tanto biológicas como sociales. Y el ético, por todas las
aportaciones provenientes de la reflexión moral tanto de los sectores propiamente religiosos como
seculares. La bioética se afirma como disciplina académica nueva en la que los moralistas forman un
frente común con biólogos, filósofos y teólogos moralistas. Según los cronistas de la fundación del
Kennedy Institute y de los programas de estudio desarrollados por los expertos en la línea de
Hellegers, en algún momento la ética estuvo a punto de quedar marginalizada.
El enfoque biomédico se desmarcaba del potteriano globalizador, pero el biomédico podía
enaltecer a la biología desplazando a la ética. El enfoque médico o biomédico prevaleció, al tiempo
que la ética quedó definitivamente incorporada a la bioética como parte de su estructura fundamental.
El problema que se plantea ahora es qué modelo o paradigma de ética es el más adecuado
para resolver los problemas biomédicos. Antes de abordar más en concreto el nudo gordiano de la
cuestión, la lógica de nuestro discurso exige que hagamos una referencia a un tercer personaje clave
para la comprensión histórica del problema epistemológico de las relaciones entre la bioética y la ética.
La ética, insiste Engelhardt, es un medio o estrategia dialéctica para resolver conflictos de
opinión sobre nuestras formas de conducta. Pero entonces habrá que encontrar el modo práctico de
resolverlos. Ahora bien, de acuerdo con la naturaleza libre de la moralidad, las cuestiones bioéticas no
pueden resolverse ni apoyándonos en Dios ni en la presunta razón objetiva. Lo único a que podemos
aspirar es a una ética procedimental, es decir, de puro trámite carente de contenido. Las controversias
morales en el campo biomédico son disputas de política pública que han de resolverse pacíficamente
por medio del acuerdo acerca del procedimiento a seguir para crear las normas. Ese procedimiento
coordinador de posiciones opuestas equivale al logro de algún consentimiento de base acerca de
ciertos principios. El consenso es, para nuestro autor, la única fuente de autoridad moral sobre la base
de la presunta vacuidad de contenido de los mismos para que puedan conciliarse las posturas éticas
opuestas sin menoscabo de ninguna de ellas. La autoridad moral secular es la autoridad del
consentimiento y que se materializa en los principios de permiso, de beneficencia y de propiedad.
El principio de permiso sería el más importante y Engelhardt lo formula así: «No hagas a
otros lo que ellos no se harían a sí mismos, y haz por ellos lo que te has comprometido a hacen». Esta
permisión sería como la condición indispensable para salir airosos de las controversias éticas sin
recurrir a la fuerza, manteniendo un lenguaje ético secular mínimo destinado a la alabanza y la
censura. Este principio proporciona el marco formal vacío que hace posible el consenso en la sociedad
secular y pluralista y constituye la fuente misma de la autoridad moral. Sin el consentimiento o permiso
de quienes constituyen la sociedad plural y secular no existiría autoridad. En una sociedad pluralista la
autoridad no puede partir de argumentos racionales ni de creencias comunes. Unicamente debe partir
del acuerdo consensuado de las diversas partes implicadas.
Aplicando esta teoría a la bioética, Engelhardt es muy consecuente. La discusión sobre qué es
bueno o malo objetivamente al margen de la voluntad de los contratantes, está de sobra. Por
consiguiente, la eticidad de una vasectomía, por ejemplo, o de la realización de un aborto, dependería
exclusivamente del acuerdo alcanzado entre el ejecutivo biomédico y las personas implicadas en esos
actos.
El principio de beneficencia se formula así: «Haz el bien a los demás». Pero entonces habrá
que aceptar un mínimo de bien en sí mismo como criterio referencial, lo cual nos puede llevar a una
confrontación indeseable entre las diversas concepciones del bien y del mal. De ahí que, para facilitar
la resolución de los conflictos en bioética, el principio de beneficencia haya de estar subordinado al de
permiso o consentimiento entre las partes en litigio. Lo cual significa que dicho principio debe
mantenerse como mera formalidad sin otorgarle contenido objetivo alguno, que no esté previamente
consensuado, sobre qué es el bien que se ha de hacer o el presunto mal que se ha de evitar.
Sí, el principio de beneficencia exige hacer el bien a los demás. Pero ¿cómo hacer bien a
otros si no hay forma de determinar en qué consiste ese bien?. ¿Si no hay posibilidad de alcanzar un
acuerdo sobre el bien por medio de la razón?. Según Engelhardt, la razón no puede guiarnos en la
determinación de la bondad o maldad de las prácticas abortivas, por ejemplo, o del infanticidio. De ahí
que se haya de recurrir al consenso entre los que opinan de forma diferente como fuente exclusiva de
determinación axiológica. Por lo tanto, el Estado tiene que tolerar cualquier forma de conducta, por
aberrante que pueda parecer a unos, si otros se ponen de acuerdo en participar en ella. Pone como
ejemplos prácticos la tolerancia del mercado de la pornografía, la prostitución y el tráfico de drogas.
Esas formas de conducta se justificarían en razón del presunto derecho básico humano al mercado
negro.
El tercer principio ético aplicable a la bioética, según Engelhardt, sería el de propiedad. Su
máxima es: «Las personas se poseen a sí mismas, lo que ellas hacen y lo que otras personas les
transfieren». Lo mismo puede decirse de las comunidades y grupos sociales. En estos casos la
máxima es: «Entrega a todos aquello a lo que tienen derecho y abstente de tomar lo que pertenece a
varios o uno solo». El principio de propiedad personal o colectivo presupone el de consentimiento o
permiso de las personas y grupos para hacer o dejar de hacer una cosa. Por lo tanto, el Estado tiene
que facilitar la prestación de cualquier servicio postulado sobre la base de decisiones consensuadas y
consentidas por las partes interesadas. Servicios que, en el ámbito de la bioética, han de entenderse
en sentido amplio, desde la prestación de un respirador artificial hasta la realización de una práctica
abortiva, procreativa, esterilizante o eutanásica. La autoridad del Estado por sí misma sería impotente
para decidir qué servicios biomédicos han de primarse, promocionarse o prohibirse. La autoridad del
Estado en materia de bioética tiene que atenerse al consentimiento previo otorgado por los ciudadanos
a la acción gubernamental, que tiene que someterse a la acción consensuada de los individuos libres.
Relevo de la ética y depreciación de la vida humana
La polémica desatada en torno a la naturaleza de la bioética como nueva disciplina, su objeto
y metodología, ha llevado a cuestionar la competencia de la ética clásica o moral filosófica para tratar
adecuadamente los problemas suscitados por el desarrollo de las técnicas biomédicas y su eventual
aplicación a la vida humana. Basta echar una ojeada atenta a los índices de materias de bastantes
autores para darnos cuenta de que prescinden de la ética racional clásica. Otros intentan someterla a
la bioética, o bien sustituyen el término ética por bioética, abordando después los problemas y las
cuestiones siguiendo una metodología democrática y de consenso de acuerdo con los dictámenes del
pragmatismo científico biomédico. Ni faltan los que se atrincheran en viejos y manidos tópicos, dando
la impresión de que los problemas morales se resuelven cerrando los ojos a la realidad de los
modernos avances de la tecnología biomédica. Por descontado que hay científicos y moralistas que se
juegan el tipo en cuestiones fronterizas. Esta actitud tampoco es razonable ni contribuye al
esclarecimiento de la verdad sobre la vida humana a la que tratamos de servir, lo mismo recurriendo a
la ética clásica como a la moderna bioética.
La polémica sobre la fundamentación racional de la bioética se ha disparado y hay ya posturas
personales y grupales bastante definidas. Pero mientras los moralistas teóricos pierden el tiempo en
una guerra de conceptos y teorías sobre la bondad o maldad de la bioética, los Parlamentos dan
cobertura protectora por doquier a los centros de bioética y se destinan cantidades astronómicas de dinero
para el desarrollo de gigantescos programas de investigación como el proyecto Genoma.
Los moralistas se encuentran ante hechos consumados que se imponen por la fuerza brutal de
su presencia. Mientras ellos discuten, por ejemplo, sobre las condiciones que podrían justificar una
inseminación in vitro, las clínicas producen inseminaciones in vitro rutinariamente como el vaquero
ordeña las vacas. Ante la impotencia frente a los hechos consumados, no faltan moralistas que buscan
la manera de adaptarse a ellos aplicando inconscientemente a la ética los métodos más sospechosos
de la diplomacia.
Así las cosas, piensan muchos que la función de los legisladores es reconocer los hechos ut
sic de acuerdo con su volumen cuantitativo y que los moralistas tienen que encontrar razones
legitimadoras para todo, aunque no existan. Lo importante sería dar gusto a todos. Se olvida con
frecuencia que no todas las formas de comportamiento humano son objetivamente iguales y que no a
todas ellas se les puede aplicar el mismo criterio democrático de legitimación o desaprobación. Por
ejemplo, no es lo mismo ponernos de acuerdo en sacrificar una rata para realizar un experimento que
la vida de un niño. Fecundar artificialmente a una vaca que a una mujer. Clonar ovejas, toros o
personas.
En bioética no cabe razonablemente un discurso ético a la carta. Aplicada esta mentalidad a la
bioética, el asunto se complica bastante porque se pone en entredicho la validez objetiva radical de
toda vida humana en función de un discurso ético razonablemente indigerible. Esta forma de discurso
bioético se potenció mucho entre algunos bioeticistas y moralistas influyentes de la bioética durante la
década de los años ochenta. Algunos de ellos han contribuido mucho a la fundamentación científica de
la bioética como nueva disciplina, que se impone por la fuerza de su propio realismo.
Estos moralistas reconocen que el término bioética es nuevo y que tiene gancho. No en vano
asocia de forma interactiva a la ética con la vida. El propósito general de la bioética es lograr la
adecuada composición entre esas dos realidades de la vida y de la ética. De entrada, la bioética
sugiere la idea de que se limita al uso de las ciencias biológicas para mejorar la calidad de vida. En
esta línea algunos quieren reducir su campo a los límites estrictos de la medicina o ética médica.
Bioética sería el término nuevo y adecuado para denominar en adelante lo que en tiempos pasados se
llamó ética médica, pero teniendo en cuenta los avances que se producen en el desarrollo de las
investigaciones biológicas y de las técnicas biomédicas.
Algunos van más lejos y extienden el objeto propio de la bioética a la ética del medio ambiente
y trato científico del reino animal y vegetal. La tendencia actual más generalizada consiste en cubrir
con el término bioética todo el saber ético relacionado con el cuidado de la salud y los descubrimientos
más importantes en el campo de la biología, de la medicina, de la genética, antropología y sociología.
La bioética está presente en todos los frentes del conocimiento humano, sin excluir la política. Es la
llamada bioética global y que yo llamaré macrobioética.
Sobre los factores decisivos que dieron lugar al boom de la bioética, el acuerdo entre los
autores es total. El desarrollo de la ingeniería genética, lo mismo para fines terapéuticos que
manipulatorios de la especie humana; de las técnicas de reproducción humana de laboratorio en sus
múltiples posibilidades técnicas; de las técnicas de trasplante de órganos y de intervención sobre las
estructuras biológicas de la sexualidad; de las técnicas de rehabilitación, de prolongación de la vida y
de acortarla dulcemente, es considerado por todos los moralistas como el hecho indiscutible y más
decisivo del fenómeno bioético actual.
¿Es éticamente lícito realizar todo lo que técnica y físicamente está a nuestro alcance? Ésta
es la cuestión inmediata que surge desde una perspectiva humanística razonable ante ese desarrollo
de técnicas biomédicas por todos reconocido.
Pero son muchos los que ni siquiera se plantean esta cuestión. Trabajan en los laboratorios
científicos y centros de bioética sin más preocupación ética que la de no alarmar a la opinión pública ni
tener conflictos con la justicia. Cuando se habla con estas personas es interesante constatar que se
limitan a describir materialmente lo que hacen y las técnicas que utilizan, sin entrar jamás en
cuestiones morales. Ponen particular cuidado en eludirlas. La descripción de ciertas técnicas, sobre
todo en el área de la inseminación artificial o de la asistencia a determinados enfermos, puede resultar
hasta melodramática y sentimentalmente conmovedora, por más que se trate de actuaciones
objetivamente repugnantes.
Hay moralistas que reconocen estos hechos, pero prefieren obviar cualquier juicio ético
descalificativo, siguiendo la mentalidad antes descrita de la ética consensual o diplomática. Se limitan
a decir que una de las características de la bioética es la no confesionalidad y la desdeontologización
de la ética. O, lo que es igual, que la bioética prescinde de cualquier instancia o referencia religiosa
para determinar lo que se debe o no se debe hacer, y que se la ha de encuadrar dentro del ámbito de
la racionalidad filosófica por encima de cualquier ordenamiento jurídico y deontológico. Lo suyo sería
regirse por la eficacia y exactitud tecnológica al margen de consideraciones jurídicas, deontológicas o
religiosas previas.
Como constatación de hecho, esto es lamentablemente cierto. Pero el buen moralista tiene
que razonar los hechos consumados antes de aceptarlos o rechazarlos por prejuicios de escuela. Ni
los prejuicios personales ni los complejos de escuela cambian la naturaleza objetiva de los hechos
consumados en el momento de evaluarlos éticamente. Ante estos hechos hay también profesionales
de la ética y del derecho que no tienen empacho en llamar respetuosamente a las cosas por sus
nombres, aunque sus opiniones resulten impopulares. Otros, en cambio, confunden la ética con la
retórica ideológica burlando la realidad objetiva de las cosas. Dicen, por ejemplo, que la bioética tiene
que liberarse de los residuos tabuísticos de la moral del miedo; que hay que desmitificar y desacralizar
el orden natural para liberarnos de los callejones sin salida de la normativa moral fisicista y naturalista;
que la bioética debe pasar de la moral naturalista a la moral de la persona, pero sin caer en el
personalismo individualista y privaticista, sino entendido y valorado desde la alteridad; que en bioética
hay que superar el planteamiento de los nuevos problemas desde la teoría clásica de la ley natural y el
formalismo kantiano; que, liberada la moral de los residuos tabuísticos del ordo naturae clásico, la ética
de la biomedicina podría finalmente presentarse como instancia normativa del proceso de
humanización ascendente; que, así las cosas, la bioética nos aproximaría de una vez por todas a la
idea de hombre que deseamos realizar abriendo las puertas a la esperanza y garantizando una
auténtica planificación humana. Por supuesto que no todo progreso técnico supone humanización.
Para que lo sea, la bioética ofrece los criterios de discernimiento contra la reserva reaccionaria ante el
progreso científico.
La moral de la biomedicina hay que emplazarla, pues, entre la manipulación y la
humanización, y la bioética se encarga de establecer los criterios. Que, de acuerdo con «la situación
pluralista de la sociedad democrática, la bioética ha de ser planteada dentro de una racionalidad ética
demarcada por los parámetros de la democratización, del diálogo pluralista y de la convergencia
integradora».
La bioética tendría que optar necesariamente por una ética civil. Es decir, racional y humana,
que garantice la convivencia social o ciudadana en general, o el mínimo moral común de una sociedad
pluralista y secular. «La ética civil es la convergencia moral de las diversas opciones morales de la
sociedad.» Constituye «la moral común dentro del legítimo pluralismo de opciones éticas. Es la
garantía unificadora y autentificadora de la diversidad de proyectos humanos». Tiene que apoyarse en
la racionalidad humana, pero entendida como patrimonio común de la colectividad más allá del mero
consenso de pareceres.
La ética civil pretende identificarse con el grado de maduración ética de la sociedad. Se funda
en la racionalidad humana y en el consenso ético del cuerpo social. Asegura un mínimo ético común
que no puede ser totalizado ni depender de decisiones opcionales. La ética civil sería la superación
convergente del pluralismo social fundamentada en la racionalidad humana y en el consenso social.
Su contenido viene dado por los acuerdos morales tales como las declaraciones éticas que los
diversos colectivos humanos y los pueblos se dan a sí mismos. En nuestro tiempo el contenido nuclear
de la moral civil universal estaría expresado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El
valor absoluto de todo individuo humano y la libertad como primer atributo de la persona constituirían
la piedra angular de la ética civil.
Con toda razón se reconoce la primacía atribuida al valor de la vida, en la ética clásica más
castiza y se denuncia la falta de coherencia lógica en la aplicación práctica de ese principio con la
admisión de lamentables excepciones. Pero esta denuncia se hace de tal manera que se abstrae de
las violaciones del mismo principio de respeto a la vida de todo individuo humano cometidas
diariamente en nombre de la bioética.
Se reconoce el oscurecimiento del valor de la vida y tal sinceridad es de agradecer. Pero
incluso quienes lo hacen abiertamente no todos pueden ser exculpados de tendenciosidad y frivolidad
intelectual. Ellos saben cómo se destruyen masivamente individuos humanos en muchos centros de
bioética. Cierto que el valor de la vida se oscurece alarmantemente, pero con ideas como éstas,
aplicadas a la bioética, más que de simple oscuridad tendríamos que hablar ya, a la altura de nuestro
tiempo, de espesa negritud sepulcral.
No se necesita ser linces para entender que el único valor absoluto es la vida y no la libertad.
Que sólo desde el respeto absoluto a la vida tiene sentido real hablar de derechos y de respeto a la
dignidad humana. Creo que en bioética se impone más que nunca la ética de la racionabilidad o uso
correcto de la razón, que algunos se empeñan tercamente en suplantar por una ética a la carta bien
guarnecida de discursos grandilocuentes y frases ingeniosas, que los legisladores aprovechan
después para justificar hipócritas y contradictorias regulaciones jurídicas sobre la materia.
La pretensión de desbancar la ética de la razón por la bioética es un sinsentido. El mismo
término bioética es un llamamiento verbal a la ética. Es un asunto de ética y de vida al mismo tiempo.
Pero aquí tiene lugar también la gran paradoja.
Por una parte se multiplican las iniciativas particulares, colectivas e internacionales en defensa
de los derechos humanos fundamentales. Pero al mismo tiempo se acepta cada vez con más
generosidad la destrucción de la vida humana en los momentos más emblemáticos de la existencia,
como son el nacimiento y la muerte. ¿Cómo conciliar la cacareada sensibilidad por la vida y la
promoción de los derechos del hombre con el rechazo sistemático y programado de los más débiles,
de los niños antes de nacer y de los ancianos?. Caminamos hacia una sociedad de marginados,
rechazados y eliminados.
La teoría de los derechos humanos queda así reducida a un ejercicio de retórica estéril. Sobre
todo cuando los países ricos imponen su egoísmo cerrando el acceso al desarrollo de los países
pobres. Aunque no se cita nominalmente, se denuncia la política de los prepotentes de la Conferencia
de El Cairo de 1994, que quisieron someter a los países pobres del sur mediante la imposición de un
control radical de la procreación.
Esta precipitación en la irracionalidad y el absurdo por parte de muchos teóricos y promotores
sociopolíticos de los derechos humanos tiene profundas raíces en la cultura actual. Por ejemplo, se
tergiversa y deforma el concepto de subjetividad, reconociendo como titular de derechos sólo a quien
se presenta con autonomía y sale de situaciones de total dependencia de los demás. Pero esto implica
la glorificación del imperio de los más fuertes sobre los débiles. «La teoría de los derechos humanos
se fundamenta precisamente en la consideración del hecho de que el hombre, a diferencia de los
animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de nadie».
Otros identifican la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal, explícita y
siempre experimentable. Vistas así las cosas, ya no queda lugar para hablar de derechos del niño que
ha de nacer o del moribundo. Se desprecia la comunicación elocuente del silencio mediante el
lenguaje de los afectos y se dicta la vida o la muerte de quienes no pueden comunicarse del modo
para nosotros más conveniente.
Primero se dogmatiza sobre el presunto valor absoluto de la libertad individual. En nombre de
ella se fuerzan las cosas para que la fuerza de la razón sea reemplazada por las razones de fuerza.
Pero la afirmación tozuda de cada uno lleva inexorablemente a la negación del otro. Entonces hay que
pactarlo todo. Todo es negociable, incluso el primero de todos los derechos fundamentales, que es la
vida. El Informe Belmont significó un verdadero espaldarazo a la incipiente bioética y marcó un
nuevo estilo en los enfoques metodológicos de esta disciplina. Los problemas de bioética ya no se
analizan de acuerdo con los códigos deontológicos, sino en torno a los principios citados y a partir de
procedimientos derivados de ellos. Se había llegado a la aceptación de unos principios éticos y a la
convicción de que «unos principios éticos más amplios deberían proveer las bases sobre las que
formular, criticar e interpretar algunas reglas específicas». Su función era la de «servir de ayuda a
científicos, sujetos de experimentación, evaluadores y ciudadanos interesados en comprender los
conceptos éticos inherentes a la investigación con seres humanos».
http://pochicasta.files.wordpress.com/2009/03/concepto-bioetica.pdf
El término “bioética” fue utilizado por primera vez por V. R. Potter hace poco más de treinta años (Potter, 1970). Con este término aludía Potter a los problemas que el inaudito desarrollo de la tecnología plantea a un mundo en plena crisis de valores. Urgía así a superar la actual ruptura entre la Ciencia y la Tecnología de una parte y las Humanidades de otra. Ésta fisura hunde sus raíces en la asimetría existente entre el enorme desarrollo tecnológico actual que otorga al hombre el poder de manipular la intimidad del ser humano y alterar el medio, y la ausencia de un aumento correlativo en su sentido de responsabilidad por el que habría de obligarse a sí mismo a orientar este nuevo poder en beneficio del propio hombre y de su entorno natural.
La bioética surge por tanto como un intento de establecer un puente entre ciencia experimental y humanidades (Potter, 1971) . De ella se espera una formulación de principios que permita afrontar con responsabilidad –también a nivel global- las posibilidades enormes, impensables hace solo unos años, que hoy nos ofrece la tecnología.
http://www.aceb.org/bioet.htm
Los motivos que empujan a perfeccionar la preparación personal son múltiples. Muchos profesionales sanitarios desean encontrar una solución adecuada a los frecuentes dilemas éticos que se plantean en la práctica clínica. Estos dilemas se plantean también a otros niveles: en los comités de bioética, en la docencia de pre o postgrado en ciencias de la salud o en disciplinas como el derecho, la política, la gestión, periodismo sanitario, etc., o en el contexto de trabajos de investigación con seres humanos. Por otro lado es cada vez mayor el número de los que sienten la urgencia de afrontar con eficacia los problemas bioéticos y desean colaborar en su resolución. Se plantea así por una u otra vía la necesidad de adquirir una formación bioética sólida, a nivel de un postgrado universitario.
Se comprende que sólo una formación pluridisciplinar a la vez teórica y práctica permitirá adentrarse en esta disciplina si se quiere evitar la frivolidad de confundir el diálogo bioético con un mercado de opiniones livianas. Es éste un punto importante y si en algunos ambientes la bioética no ha conseguido la reputación y autoridad que merece se debe quizás a la falta de preparación y de prestigio de quienes indebidamente se constituyen en "expertos" y maestros de bioética.
Por la importancia de sus fines, es necesario que quien pretenda formarse opiniones sólidas es este campo profundice en el conocimiento del ser humano y de los dilemas científicos y tecnológicos actuales, especialmente en los propios de la medicina asistencial y de la investigación clínica y biológica.
Esta preparación deberá ser exigente y continua y habrá de atender a aspectos tanto teóricos (ética, antropología, historia del desarrollo tecnológico, filosofía de la ciencia) como prácticos (pensamiento crítico [1], adquisición del hábito de la honestidad intelectual [2] y la capacidad de comunicación y diálogo, incluyendo el aprendizaje de algún idioma y cierta familiaridad con los medios informáticos de comunicación virtual).
La bioética nace además con pretensiones de globalidad. Desea ayudar a resolver un conflicto que existe dentro de cualquier cultura moderna: el conflicto entre las posibilidades que ofrece el desarrollo tecnológico y las exigencias de una vida auténticamente humana. Aunque el problema es universal, los actores se mueven en diversos entornos culturales. Por ello, se requiere de los protagonistas de la bioética que se hallen abiertos al diálogo intercultural con el fin de fijar valores y principios de actuación universalmente válidos. Para ello resulta de gran utilidad el poder acceder a los recursos de internet (disponibles en buena parte en inglés), así como la posibilidad de utilizar el correo electrónico.
3. Principio de la Autonomía o el respeto de las personas
En este principio se toma en consideración, por lo menos, dos vertientes ético-morales fundamentales: 14
1. El respeto por la autonomía del individuo, que se sustenta, esencialmente, en el respeto de la capacidad que tienen las personas para su autodeterminación en relación con las determinadas opciones individuales de que disponen.
2. Protección de los individuos con deficiencias o disminución de su autonomía en el que se plantea y exige que todas aquellas personas que sean vulnerables o dependientes resulten debidamente protegidas contra cualquier intención de daño o abuso por otras partes.
La aparición y puesta en práctica del principio de autonomía ha influido profundamente en el desarrollo de la bioética, tanto desde el punto de vista sociopolítico como legal y moral. El mismo a cambiado indiscutiblemente el centro de la toma de decisiones del médico al paciente y a su vez a reorientado la relación del médico con el enfermo hacia un acto mucho más abierto y más profundamente franco, en el que se respeta y toma como centro de referencia la dignidad del paciente como persona.4,15 En la actualidad se plantea que el auge del principio de la autonomía en la práctica biomédica ha protegido a los enfermos contra las flagrantes violaciones de su autonomía e integridad que en el pasado, por simples razones éticas eran tan ampliamente aceptadas como permisibles.
No obstante, lo planteado el principio bioético de autonomía, como es de suponer, no resulta lo suficientemente fuerte, no basta para garantizar el respeto a las personas en las transacciones y hechos médicos en los cuales éstas puedan verse involucradas con todos los matices y significados que ello entraña. Al respecto del fundamento de las relaciones médicas, el concepto de integridad es más rico y fundamental. El mismo está más estrechamente ligado a lo que significa esencialmente el ser humano completo en sus aspecto psicológicos, biológicos y espiritual. Este concepto resulta más exigente y difícil de captar en un contexto legal o en lo relativo a los llamados procedimientos de consentimiento informado. En definitiva la autonomía depende de la preservación de la integridad de las personas, y tanto una como la otra dependen de
la integridad del médico, pudiéndose asegurar que la integridad sin conocimiento es débil e inútil y el conocimiento sin integridad es peligroso y temible.
4. Principio de la Beneficencia
La esencia de este principio consiste en la obligación ética de aumentar, tanto como ello sea posible, los beneficios y reducir al mínimo los daños y prejuicios que el individuo pueda recibir.
El ejercicio de la medicina está orientado por principios éticos que tienen sus raíces en conceptos filosóficos, el no causar daños y hacer el bien al paciente. En la mayoría de los textos clásicos de medicina también se establecen limitaciones, claras y precisas, en cuanto al empleo de los conocimientos médicos para determinados objetivos. Los actos como la eutanasia, como el
aborto, la tortura, el ejercicio del poder o incluso la manipulación de las personas por medio de una intervención médica completa pueden ser excluidas de la práctica, no sólo idónea sino también hábil de la medicina por esas restricciones de la conducta profesional. Es un hecho de tradición que tanto la ética como la pericia se aúnen en el campo de la medicina; no obstante ello debe recordarse que la ética sin la debida pericia nunca puede resultar eficaz pero que la pericia, por muy grande que esta sea sin la correspondiente dosis de ética nunca redundará en beneficio del paciente.11
Del principio bioético de la beneficencia se derivan normas que exigen el establecimiento de los riesgos de la investigación, que éstos sean del todo razonables, tomando en consideración los beneficios que se esperan obtener, que la concepción de la investigación que se pretende realizar sea sensata y atinada y que los investigadores que habrán de intervenir en la misma tengan el grado de idoneidad requerido para llevar a cabo debidamente sus tareas, al tiempo que salvaguarden el bienestar de los sujetos de la investigación. 14
Cuando se trata del cuidado de los enfermos, nunca debe ser olvidado el ambiente cargado de valores de todo tipo en que se realiza o ejecuta la intervención médica de que se trate. Es por esta simple y llana razón que deben ser elaboradas listas de verificación de datos no científicos con el objeto de abordar como es debido las cuestiones personales y el conocimiento de aquellos valores que resultan imprescindibles para el establecimiento de una correcta relación médico-paciente y determinar, en definitiva, lo que es mejor para el mismo.12,13
La intervención médica no se puede basar única y exclusivamente en datos científicos, por la compleja naturaleza de la explicación médica en sí, por la incertidumbre inherente al diagnóstico y al pronóstico y, sobre todo, porque la ética de la medicina es, en primera y última instancia, tratar al paciente como un todo y no lo síntomas o enfermedades aislados. Nunca debe olvidarse que los conceptos de salud, bienestar objetivo y subjetivo y felicidad, al igual que sus opuestos, son mucho más inclusivos y dicen mucho más de la realidad objetiva del individuo que los datos de él obtenidos en el laboratorio.2
Implícitamente contenida en la letra del principio bioético de la beneficencia está la prohibición de infligir deliberadamente daños a otras personas. Esta importante y trascendental aspecto de la beneficencia se expresa a veces, por algunos autores e investigadores en este campo, como un
principio separado de la Bioética, al cual se le ha dado la denominación de principio de la no-maleficencia, o lo que es lo mismo, no ocasionar daño alguno.
5. Principio de la Justicia
Este principio se sustenta en la obligación ética de dar a cada una de las personas lo que verdaderamente necesita o corresponde, en consecuencia con lo que se considera correcto y apropiado desde el punto de vista moral.14 La aplicación consecuente de este principio puede suscitar el surgimiento de problemas éticos, que últimamente se presentan con gran frecuencia en la práctica médica y que están en relación directa con los adelantos tecnológicos de carácter diagnóstico y terapéutico. El alto costo de estos recursos obliga, la más de las veces, a utilizarlos de manera selectiva y es entonces cuando surge el conflicto de decidir quiénes deben beneficiarse de ellos y quiénes no. Además, también en los últimos años se han incrementado y arreciado las críticas por el indebido uso de esas tecnologías y las repercusiones negativas que ello puede tener entre los costos y los beneficios obtenidos.9,16 Es indudablemente una desgracia que su empleo tienda a aumentar de manera sostenida, en forma indiscriminada y, como resultado, se encarezca significativamente la atención de salud, lo cual reduce el número de personas que reciben lo correcto y apropiado en un momento determinado. El principio bioético de justicia para todos le permite al médico que este pueda distinguir entre sus obligaciones médicas como profesional de sus deberes cívicos como ciudadano.
En la ética de las investigaciones con seres humanos el principio de la justicia se refiere principalmente al concepto de la llamada justicia distributiva, el cual establece una distribución equitativa de las cargas y de los beneficios de la participación en las investigaciones realizadas, aceptándose diferencias en tales distribuciones si las mismas se basan en distinciones moralmente pertinentes entre las personas, como puede ser la de la vulnerabilidad que no es más que la incapacidad de proteger los propios intereses debido a impedimentos tales como la falta de capacidad para prestar un consentimiento informado o la ausencia de alternativas lógicas para recibir una atención médica de calidad o satisfacer otras necesidades psicológicas, biológicas o
espirituales, ser menor de edad o un miembro subordinado dentro de un grupo jerárquico, todo lo cual conlleva definir las medidas especiales que habrán de tomarse para la protección adecuada y correcta de los derechos y el bienestar de la personas vulnerables.
La solidaridad humana exige que se preste asistencia y se proteja del sufrimiento al prójimo aún cuando existan profundas diferencias ideológicas, religiosas o de cualquier otro tipo entre los individuos, lo cual pudiera muy bien ser o constituir un punto más de apoyo o sustentación del principio bioético de la justicia.
La Bioética tiene que ver con el punto de contacto entre la ética y la tecnología médica moderna en lo que afecta el control de la vida humana3. Los avances tecnológicos médicos se pueden clasificar en tres categorías: los que permiten la curación de enfermedades a un costo moderado; los que facilitan y hacen posible la prevención de enfermedades y la promoción de la salud con poco dispendio económico y los que permiten mantener la salud y una calidad de vida aceptable, pero que para su implantación exitosa necesitan de considerables recursos tanto en la esfera material como lo humano. Frente a la sociedad, los avances tecnológicos de este último tipo son los que crean problemas, ya que son los factores económicos los que decidirán a la larga si el surgimiento y dominio de una nueva tecnología debe o no tener una debida repercusión inmediata en la comunidad, ya sea por facilitar, limitar o finalmente rechazar su uso. Esto implica, en su esencia, un racionamiento más o menos grande de los recursos de salud. El hecho de que una técnica este disponible no conlleva necesariamente la posibilidad de que pueda ser utilizada, sobre todo, si los recursos son escasos y obligan a una utilización limitada de la misma como ocurre, por ejemplo, con los transplantes de órganos únicos (corazón e hígado), cuya extraordinaria difusión puede sobrepasar los marcos de los presupuestos monetarios destinados a la asistencia médica y dificultar con ello el desarrollo de otros programas de interés mucho más general25. En definitiva, los representantes de la sociedad deben preocuparse y al mismo tiempo exigir que la introducción y puesta en explotación de las nuevas tecnologías se acompañen siempre desde un principio, de una correcta evaluación de su aplicación y de los beneficios que con ella se obtendrán.
Las nuevas tecnologías al ser aplicadas en el campo de la medicina pueden conducir a nuevos daños iatrogénicos, o lo que es lo mismo, a daños que el médico ocasiona aunque éste siempre intente producir el bien, o sea devolver la salud al paciente y que violan el principio de la no maleficiencia de la bioética.27
Sin lugar a dudas, en los últimos años se han cristalizado grandes y viejos anhelos de la práctica médica, de la Medicina como ciencia que es, en lo fundamental gracias al desarrollo de los conocimientos en el campo de la electrónica y su aplicación, a través de dispositivos ingeniosos capaces de contribuir o hacer posible diagnósticos de certeza con extrema rapidez o intervenir terapéuticamente de manera decisiva en el restablecimiento o curación del enfermo.
Hoy, más que ayer, somos testigos excepcionales del renovado despuntar de nuevas proezas, de vastas conquistas y aportaciones que muchas veces nacen separadas unas de otras tan solo por
una diferencia de días. Nuevos medicamentos, ingeniosos procedimientos de alta especificidad y sensibilidad para el diagnóstico, significativos adelantos en la llamada imageneología intervencionista, con asombrosas aplicaciones terapéuticas y grandes innovaciones revolucionarias en el campo de la cirugía. Todo ello tiene como objetivo, en definitiva, llevarnos a una medicina más precisa, a salvar exitosamente aquella utopía de los médicos de las épocas ancestrales: el acceso a una medicina científica, a nuestro alcance para poder disponer de ella, en el ejercicio médico, como una ciencia exacta. En este sentido los resultados han sido realmente benéficos, si bien, en su aplicación individual no siempre del todo favorables. Al respecto resulta interesante la reflexión hecha por Trousseau, en el siglo XIX, quien les pedía a sus ayudantes en la cátedra que no se olvidaran que la medicina era tan bien arte y contra lo cual ha atentado, de manera evidente, el crecimiento y desarrollo, en proporción casi geométrica de la medicina de nuestro tiempo. Esto le ha restado poder a aquel acto mágico de la medicina de antaño, cuando el médico ciertamente cambiaba el panorama del sufrimiento, tan solo con colocar su mano sobre el hombro del enfermo27. En otras palabras, el desarrollo tecnológico actual en el campo de la medicina ha afectado, y amenaza con hacerlo cada vez con más fuerza, esa necesaria corriente magnética que, cuando se establecen en forma fructífera, conocemos como relación médico-paciente.
Una medicina con un mayor grado de desarrollo en su tecnología de aplicación es, desde luego, más precisa pero también resulta mucho más costosa y se la observa así mismo incidir todos los días, negativamente, en el binomio del que cura con el que padece, como si atentara con la aplicación en la práctica del principio bioético de la justicia.
La práctica actual de la medicina enfrenta continuamente al médico facultativo con dilemas o problemas de tipo ético relacionados con los adelantos obtenidos en el campo tecnológico, ya sean éstos de carácter diagnóstico o terapéutico. Muchas decisiones de conflicto determinan que el médico no siempre desarrolle una conducta de respeto a las esperanzas y los deseos del enfermo debido a que en muchas directivas de los políticos, de acuerdo con la meta de salud para todos en el año 2000, se favorecen más las inversiones para la sociedad en su conjunto que para
el individuo aislado. 28 Puede tratarse tanto de terapéuticas brillantes como los transplantes, como de diagnósticos obtenidos por medio de costosas metodologías como son las técnicas de imagen: tomografía axial computarizada, resonancia magnética nuclear y activación neutrónica, entre otras. A pesar de las indudables bondades tecnológicas de tales procedimientos, su elevado precio encarece sustancialmente los servicios médicos, limitando de manera considerable el número de individuos que pueden tener acceso a los mismos, aunque realmente necesiten de ellos para un diagnóstico preciso y de rigor. Esto va en detrimento de la aplicación consecuente de los principios bioéticos de autonomía, de justicia y beneficencia, con repercusiones adversas sobre la calidad de la medicina primaria, comunitaria o de familia, incluso de la secundaria y de la terciaria.
En los últimos tiempos se ha observado una tendencia, no despreciable, al abuso del empleo de los medios tecnológicos en la práctica médica, lo cual ha dado lugar a un número elevado de protestas dirigida contra los médicos y al mal empleo hecho por estos de pruebas diagnósticas sustentadas sobre una tecnología sofisticada. 16 La conclusión inevitable de lo referido es que muchos facultativos ignoran realmente la utilidad de las pruebas que indican en comparación con otras parecidas, ya sea en relación con su posible valor en diferentes situaciones clínicas o bien con respecto al costo real de tales pruebas.
Las causas del empleo abusivo de la tecnología avanzada en la práctica biomédica de hoy están representadas por el hecho de que muchas de tales tecnologías pueden irrumpir en el mercado sin haber sido sometida con anterioridad a un estudio cuidadoso, tanto en lo referente a los riesgos que conlleva su utilización como a los beneficios que brindan y la real superioridad de éstas sobre otros procedimientos ya consolidados por su empleo anterior.
Con el daño iatrogénico se violan los principios bioéticos, los cuales deben prevalecer al margen de la necesaria aplicación y utilización de los avances tecnológicos que resultan de la aplicación, inteligente y consecuente, de los conocimientos científicos actuales; al margen, también, de la realización de las imprescindibles investigaciones biomédicas con sujetos humanos, necesarias para el conocimiento de los problemas que, al ser resueltos de manera lógica, van a contribuir de manera significativa a su felicidad, espiritual y material.
http://www.monografias.com/trabajos5/biore/biore2.shtml
Ya hemos advertido que el término bioética tiende a suplantar a los términos clásicos ética y
moral clásica, como se refleja en algunas de las definiciones que terminamos de presentar. En
consecuencia, la microbioética sustituye a la ética individual, y la macrobioética a la ética general.
La bioética cubriría así toda la casuística personal que plantea el paciente con el personal
biomédico y su impacto social. A la bioética correspondería estudiar y establecer el equilibrio de los
derechos en cuestión y de las instituciones organizativo-legales que es necesario crear.
Tradicionalmente se hablaba de ética y derecho. Ahora se habla de bioética y bioderecho. En
este contexto cabe decir dos palabras sobre los grandes temas o cuestiones puntales que los
tratadistas suelen incluir en sus tratados de bioética. Es la cuestión técnica sobre el objeto y las partes
sistemáticas de la misma.
Algunos temas son aceptados por todos los tratadistas sin excepción. Por ejemplo, la
manipulación genética en todas sus formas; la reproducción humana artificial de laboratorio en todas
sus modalidades y con todas sus implicaciones técnicas; la experimentación en y con seres humanos
desde los fetos hasta los cadáveres; la esterilización masculina y femenina por motivos diversos, sobre
todo eugenésicos; el diagnóstico prenatal, eugenesia fetal, terapia génica y prácticas abortivas;
reanimación, información clínica, medicación y eutanasia activa.
Otros tratadistas añaden a los anteriores temas el suicidio, los trasplantes de órganos
humanos, la transexualidad y todas las cuestiones relativas a la política de organización y
funcionamiento de instituciones sanitarias. Pero existe una propensión muy fuerte a incluir en la
bioética toda actividad relacionada con la vida humana susceptible de reflexión ética.
Entre esas actividades cabe destacar la contracepción en todas sus modalidades; el
crecimiento demográfico y su control; la guerra y el desarrollo de las armas bioquímicas; las torturas
penales, la pena de muerte, los desastres ecológicos, la biogenética vegetal y alimenticia y cuestiones
relacionadas con el medio ambiente.
Concepto de Bioética e Historia 23
Actualmente nos hallamos ante una verdadera macrobioética, que campea por las cinco áreas
siguientes:
- Campo de la ingeniería genética. Puede entenderse tanto en el orden de la terapia de
enfermedades genéticas como en el de la manipulación indiscriminada de los genes humanos. Según
el coloquio de Varna, la intervención genética implicaría la terapia de los genes, la selección de los
clones o reproducción de individuos genéticamente idénticos y, por supuesto, el tratamiento de las
enfermedades hereditarias.
- Campo de la reproducción humana, desde la consulta genética hasta la elección del sexo y la
provocación del aborto, pasando por la inseminación artificial de laboratorio en todas sus formas
posibles, desde la inseminación homóloga o intramatrimonial hasta la heteróloga más sofisticada
mediante el tráfico o intercambio de embriones, natural o artificialmente obtenidos con fines
reproductivos o meramente científicos, incluidas las técnicas de obtención de gametos, el almacenaje,
congelación y descongelación del material genético y de embriones, así como los eventuales
trasplantes o proceso de destrucción de gametos y embriones indeseados. Y todo esto sin olvidar la
eventual comercialización de la maternidad o paternidad. En esta sección de la bioética entra toda la
problemática derivada de la moderna planificación familiar y el uso de anticonceptivos y abortivos
químicos para controlar la natalidad.
- Campo de los trasplantes orgánicos de un individuo a otro. Trasplantes de corazón, de riñones,
fetales. Modificación de la conducta mediante la aplicación de electrodos. Igualmente los problemas
relativos a los estados sexuales conflictivos y la transexualidad.
- Campo de la senescencia, eutanasia y distanasia. Reanimación, diagnosis prenatal con vistas a la
provocación del aborto, esterilización y contracepción eugenésica. Sin olvidar el suicidio, la pena de
muerte, las drogas y toda suerte de enfermedades nuevas o no identificadas en el pasado, como el
sida.
- Campo de la experimentación científica con seres humanos. Los expertos más lanzados tienden
a no respetar la tradición secular de experimentar primero con plantas y animales con el fin de obtener
el máximo de garantías clínicas en la promoción de la calidad de vida humana. Expresiones como
material genético, embriones sobrantes, material de investigación científica y otras similares reflejan
claramente lo que los expertos de la tecnobioética están haciendo o intentan hacer con el cuerpo
humano, lo cual suscita problemas y estados de ánimo en la gente que requieren el establecimiento de
normas de control y de instituciones sociales específicas mínimamente aceptadas por la opinión
pública. La bioética se instala así en el lugar de la deontología médica y científica clásica dando lugar
al bioderecho, que abarca a la legislación en materia de bioética y a todas las instituciones científicosanitarias,
cuales son clínicas, maternidades, laboratorios, planificación hospitalaria y comités éticos
específicos.
La panorámica de cuestiones enumeradas, dentro de un elemental orden sistemático, es
suficiente para hacernos una idea de lo que constituye hoy día el amplio y delicado campo de acción
de esta nueva disciplina que llamamos bioética. Con la particularidad de que en determinados círculos
muy influyentes los expertos ponen especial cuidado en evitar cualquier intento de codificación
deontológica al estilo clásico de la biomedicina, y más aún abordar las cuestiones desde presupuestos
teológicos.
Por lo demás, su metodología pretende ser en exclusiva la impuesta por la tecnología
científica y el diálogo interdisciplinar y social. De acuerdo con esta mentalidad, los expertos han
reclamado con éxito normativas legales permisivas para las prácticas biomédicas, a cuya sombra
proliferan las más diversas instituciones consagradas a la bioética.
Concepto de Bioética e Historia 24
Así las cosas, cabe hablar de microbioética y macrobioética. La primera se centra en sectores
particulares como la ingeniería genética o la reproducción humana de laboratorio. El desarrollo colosal
que está teniendo la nueva tecnología en esos campos contribuye a una mayor especialización y
dedicación. De hecho, si no se dan más explicaciones, el término bioética nos hace pensar
espontáneamente en asuntos relativos a la biotecnología aplicada a la manipulación genética y la
reproducción humana de laboratorio, amén de cuestiones fronterizas sobre calidad de vida, salud,
enfermedad, eutanasia y otras formas de propiciar la muerte humana.
Con el curso del tiempo se va imponiendo la macrobioética o bioética sin fronteras. Su
inmenso horizonte apareció ya durante la década de los años setenta y se consolidó durante la de los
años ochenta. La llamada sociobiología y las fascinantes perspectivas del Proyecto Genoma
contribuyen poderosamente al predominio de la macrobioética.
Teniendo en cuenta todos los datos referidos en las páginas precedentes y las diversas
definiciones de la bioética propuestas por diversos autores, proponemos la definición siguiente:
Bioética es la ética de la vida humana sometida a técnicas biomédicas avanzadas, en todas sus
etapas existenciales, respetando su dignidad y promoviendo su calidad.
Desglosemos el significado exacto de esta definición:
1) Ética de la vida humana. Etimológicamente, bioética significa ética de la vida. Tomamos, pues, al
toro por los cuernos partiendo del significado literal del término sin deformarlo, pero al mismo tiempo
completándolo. Como hemos visto más arriba, en la mayor parte de las definiciones reseñadas se
convierte a la ética en subsidiaria de la bioética. En el mejor de los casos, la ética sería un capítulo de
la bioética.
Nosotros sostenemos que la ética es la matriz racional y epistemológica de la bioética y no al
revés. Lo contrario nos llevaría a lo que algunos peligrosamente y sin ninguna razón convincente
pretenden: desvincular la investigación científica con seres humanos y las prácticas biomédicas más
indeseables del control de la razón, de la ley natural y más aún de la revelación divina.
También hemos observado, al poner la vida en el centro de atención de la bioética, muchos no
especifican a qué especie de vida se refieren. En algunos casos es obvio que toman la vida en sentido
universal y unívoco, metiendo a la vida humana en el mismo saco que la vegetal y animal. Otros
autores ponen en primer término la vida humana, como objetivo principal del estudio y de las prácticas
biomédicas, pero no hacen ascos en añadir otras cuestiones de carácter ecológico y zoológico.
Terminan confundiendo la bioética con la biotecnología.
Nosotros sostenemos que es la vida humana en directo, así como las acciones científicas,
farmacológicas y sanitarias sobre la misma, lo que constituye el objeto específico de la nueva
disciplina denominada bioética. De esta manera se despeja la confusión entre bioética y biotecnología,
lo que evita la tentación de tratar la vida física del hombre como chatarra de experimentación y
especulación económica. La experimentación científica con seres humanos, por ejemplo, no se puede
llevar a cabo lo mismo que con ratas. Ni parece razonable que la procreación humana se lleve a cabo
como si la especie bovina y humana fueran iguales. Para evitar estas lamentables confusiones
aclaramos que la especie de vida que constituye el objeto formal de la bioética es la vida humana en
directo así como las investigaciones y acciones biomédicas ordenadas a ella.
2) Tratada con técnicas biomédicas avanzadas. Por ejemplo, las técnicas de ingeniería genética
que se están llevando a cabo en el proyecto genoma humano o las técnicas de fecundación in vitro.
Concepto de Bioética e Historia 25
Rigurosamente hablando, el término bioética evoca inmediatamente esas y otras técnicas similares
desconocidas en el pasado. Por supuesto que los buenos servicios de las comadronas tradicionales
también son bioética y también los de los misteriosos boticarios. Pero hay que reconocer que el
término bioética se aleja cada vez más de esas prácticas de ética vulgar y corriente. Consideramos
que las técnicas biomédicas avanzadas, apoyadas a veces por ideologías malsanas, han sido el
detonante histórico decisivo de la institución científica y social de la bioética en sentido estricto.
3) En todas sus etapas existenciales. Para legitimar legalmente las prácticas abortivas y con el
pretexto de promocionar lo más posible la investigación científica, se han elaborado y establecido
conceptos v distinciones preocupantes relativos a la naturaleza del embrión humano. Por ejemplo, se
habla de fetos viables y no viables, embrión, preembrión, antes y después de la anidación del óvulo
fecundado, antes y después de los 14 días de la fecundación, enfermedad irreversible y tantas otras
expresiones eufemísticas.
Nosotros entendemos que ese establecimiento de etapas en la historia de un ser humano,
desde que es fecundativamente encendido a la vida, es necesario desde el punto de vista cognitivo. El
conocimiento humano de la realidad se realiza gradualmente por etapas, distinguiendo, analizando,
sintetizando, razonando y deduciendo conclusiones. Pero, desgraciadamente, no es éste el caso
cuando muchos bioeticistas hablan de etapas en la historia embrional, o de la vida antes y después de
nacer.
La realidad es que con esas finuras dialécticas lo único que pretenden es autojustificarse para
atentar contra la vida humana ya desde su irrupción inicial en la existencia. Esta actitud la hemos
apreciado claramente durante los procesos de legalización del aborto y se fortalece cada día más bajo
pretextos de investigación científica con embriones humanos. Volveremos sobre esta cuestión al
hablar del estatuto científico y legal del embrión humano.
4) Respetando su dignidad humana y promoviendo su calidad. Queremos decir que cada vida
humana concreta es un valor en sí mismo que no puede ser cuestionado por nadie. El hecho mismo de
haber sido encendidos a la vida nos hace dignos o merecedores de ser respetados y ayudados para
vivir. El fundamento ontológico de la dignidad humana es connatural al hecho mismo de existir.
Ninguna persona humana tiene necesidad de justificar su existencia, por más que ésta sea dolorosa o
infeliz. Como nadie en particular, ni ninguna institución social, tiene derecho a constituirse en
estipulador del precio de la vida de los demás. El hecho mismo de existir es un valor en sí mismo, que,
como una fecunda semilla, se desarrolla o se deteriora después, pero jamás desaparece mientras está
encendida la luz de su vida, aunque sea en un voltaje vital de mínimos.
Esto significa que el derecho de cualquier ser humano a seguir existiendo,
independientemente de su voltaje vital, viene dado por la existencia misma y no por el reconocimiento
de sus semejantes. De ahí, insisto, que nadie está investido de poder para poner precio o decidir la
suerte de la vida de los demás. El no reconocimiento de este principio ético elemental está en la base
de todas las violaciones de derechos humanos. No se puede hablar de respeto a la dignidad humana
donde se prejuzga o no se acata el simple y elemental hecho de vivir de los demás. Por lo mismo,
tampoco puede invocarse el parecer de los demás para estipular la calidad básica de vida de una
persona.
La Bioética, en su propósito de ayudar a la identificación de los valores, utiliza estos cuatro principios que resumen la mayoría de las situaciones de valor, en un código práctico, que permite analizar la mayoría de las situaciones éticas que se presentan en el campo de la biomedicina.

Un aspecto de gran importancia y muy atractivo, es que estos principios deben ser analizados como deberes prima facie, según lo descrito a mediados de siglo por el filósofo David Ross (6).Esto significa, que si bien son deberes obligantes, no son absolutos y de haber conflicto entre los ellos, debe darse prioridad a uno sobre los otros. Obligan siempre, pero pueden tener excepciones. En muchas ocasiones se ha buscado principios absoluto, obligantes ante toda circunstancia, en contraposición a otros, que son obligantes pero no exigibles. Lo que la tradición antigua consideró deberes positivos y negativos y luego Kant denominó deberes perfectos e imperfectos (7). Tales deberes perfectos, exigibles ante toda condición y sin excepción son difíciles de encontrar, y en opinión del Dr. Diego Gracia, no hay principios materiales o deontológicos de contenido absoluto, sin excepción (8) . En este sentido, la descripción de Ross de deberes prima facie, abre la posibilidad de deberes obligantes pero con alternativas de jerarquización y excepciones. Aportando de esta manera un método de gran utilidad, pero sin la rigidez que establecen códigos que pretendan ser absolutos.

Se crea así un interesante acuerdo entre el Deontologismo y el Utilitarismo al lograrse Principios Deontológicos, que como tales son inviolables, pero que a la vez permiten jerarquiazarlos y establecer excepciones cuando las situaciones individuales así lo exijan para lograr el mayor beneficio.

Para el Dr. Diego Gracia los principios antes mencionados tienen además jerarquía en dos niveles: Nivel 1: Justicia y no maleficencia y Nivel 2: Autonomía y Beneficencia. Con lo cual se establece de entrada que los principios de nivel 1 están por encima de los principios de nivel 2, de forma tal que la autonomía de un paciente nunca podrá estar por encima de la justicia o de la no maleficencia.(9)

Considerados así, los cuatro principios de la Bioética permiten el análisis de situaciones de valor con individualización para situaciones específicas.

Para el logro de sus objetivos la Bioética promueve el desarrollo de los Comités de Etica Hospitalaria o Comités de Bioética Hospitalaria y los Comités de Etica para la Investigación. Ambos comités deben existir en cada institución hospitalaria, como ya es norma en la mayoría de los hospitales en Estados Unidos y en Europa.

Los Comités de Etica o Bioética Hospitalaria, no deben confundirse con las conocidas comisiones de ética. Estas últimas cumplen una función muy importante relacionada por lo general con la vigilancia deontológica, es decir velan por el estricto cumplimiento dentro de los hospitales de al Ley de Ejercicio de la Medicina y del Código de Deontología Médico. Los Comités de Etica Hospitalarios, a diferencia las anteriores, son comités que cumplen funciones de asesoramiento, docentes y normativas (10) . Son comités institucionales multidisciplinarios, que luego de un periodo de formación, reciben casos clínicos en los cuales el médico responsable enfrenta algún dilema ético. El comité, luego de una detallada revisión de la historia clínica, analiza detenidamente el problema ético planteado por el médico responsable del caso, para luego contrastarlo con los principios Bioéticos antes mencionados. Se discute la existencia de posibles excepciones, evaluándose sus consecuencias, para luego tomar una decisión sobre las recomendaciones finales. Tales decisiones deben, ante todo cumplir con la premisa ética del respeto a la dignidad de la persona. Las recomendación del Comité, las utilizará el médico responsable para la toma de su decisión final en el manejo del caso.

En segundo lugar, estos comités estudian los problemas éticos que puedan existir a nivel de la Institución con la finalidad de proponer alternativas para el abordaje de tales problemas. Finalmente coordinan y promueven actividades docentes.

Los Comités de Etica para la Investigación, se encargan del análisis de los trabajos de investigación que piensen realizarse dentro de la institución. Estos comités son obligatorios según lo establecido en el artículo 203 del Código de Deontología Médico. A diferencia de los anteriores estos Comités son decisorios y tienen la autoridad institucional para aprobar o rechazar los proyectos que se le presenten para su consideración. Bajo ningún respecto debe aceptarse la realización de trabajos de investigación en seres humanos, sin la aprobación de un Comité de Ética de Investigación.

Dada la complejidad de los problemas que al Bioética debe afrontar, es necesario que las personas que se dediquen a esta disciplina tengan una sólida formación académica. Se requiere un profundo conocimiento de la historia, de la filosofía y de la ética que permita al Bioeticista tener los elementos requeridos para analizar las diferentes situaciones que se le plantean. Problemas tan complejos no pueden ser analizados, como tristemente pasa, en base a la experiencia personal o mediante la aplicación de códigos o dogmas pre establecidos. Se requiere una visión muy amplia y una formación muy sólida.

Este es, tal vez, uno de los problemas mas importantes que la Bioética debe afrontar a corto plazo. Hay la tendencia a la improvisación a pensar que con nuestra opinión y una mínima formación obtenida de la lectura de algunos libros de la materia, en forma autodidacta, podemos enfrentar el análisis de tan graves problemas. No existe, especialmente en Latinoamérica, una estructura docente sólida. Es necesario crear los mecanismos para formar un cuerpo de expertos, una masa crítica de docentes que permita multiplicar, a corto plazo, los conocimientos de la materia, a través de una programación académica adecuada.

No se puede entender la relación médico paciente de hoy, en su conflicto entre el paternalismo tradicional y la autonomía actual, sin conocer a fondo las raíces históricas de la medicina hipocrática y el desarrollo de los movimientos liberales

No se pueden entender los conceptos de justicia y equidad en la concepción de un sistema justo de salud, si no se conoce la evolución histórica y las implicaciones éticas que estos conceptos han tenido desde la Grecia antigua hasta las propuestas de John Rowls.

No hay dudas que la Bioética constituye un gran reto, cuyo éxito, debe sentar las bases para que las próximas generaciones cuenten con las herramientas necesarias para poder resolver los problemas éticos que plantea el vertiginoso desarrollo tecnológico. Es uno de los grandes retos de nuestra era.

Dr. Gabriel d´Empaire
Características que fundamentan la dignidad de la vida humana
- Conciencia de tiempo y espacio: tiene concepto de pasado, presente y futuro así como de próximo y remoto.
- Finitud: sólo el hombre sabe que tiene que morir. Vive en la fugacidad del tiempo. Los animales ignoran que perecer es su destino, Ellos “están en el tiempo” el hombre “es del tiempo”.
- Es consciente de su propia existencia: apreciando su alto significado, contrastándola con la nada, con capacidad de pensamientos abstractos trata de discernir porque hay ser y no solo nada.
- Continencia y temporalidad: determina que su existencia no es indispensable para que el mundo exista. Su desarrollo es producto de lo realizado por generaciones anteriores, actúa resguardando e incrementando esta herencia para generaciones futuras.
- Afán de transformar la realidad: vocación connatural mas allá de la supervivencia inmediata. Nunca se ha conformado en adaptarse al medio tal como lo encuentra. Cada generación lucha por transformarlo según sus necesidades rodeándose de un medio material y espiritual creado y justificado para él, al cual lo denominamos cultura.
- Es un ser social: necesita de todo el entorno cultural para construir su individualidad, ser algo por sí mismo, identificarse en su individualidad.
- Tiene concepto de responsabilidad: puede hacer cosas para sí o para otros disponiendo para ello de absoluta libertad, asumiendo la responsabilidad de hacerlo o no.
- Tiene conciencia ética: es capaz de diferenciar lo que puede hacer y lo que debe hacer (redundando en bien propio o de los demás). Distingue por lo tanto entre el bien y el mal.
- Es autónomo: puede fijar sus propias normas por sobre las determinantes biológicas, sociológicas o culturales.
- Posee intimidad: un mundo privado que debe respetarse, un mundo interior que solo él puede revelarlo.
- Es un ser político y solidario: es un ser social construyendo su individuad desde los otros necesitando no sólo recibir sino dar. Dar en conocimientos, destreza, afectos, conductas. Y al dar genéricamente a la sociedad da también a quien no puede retribuirle lo cual le ennoblece. Además se preocupa por sus congeneres enfermos y minusválidos. Esta actitud solidaria distingue a la especie humana del resto de las formas de vida y motiva la aparición de la medicina en todos los pueblos desde épocas remotas.
De la actitud solidaria de la conmiseración hacia el minusválido, al que sufre, surge la necesidad de la práctica médica. Por eso nuestra profesión ontológicamente es una empresa moral.
Y aquí en el trato con el minusválido nos encontramos con las discapacidades.
La discapacidad por si altera el proyecto personal que cada individuo construye, lo modifica e incide en su concepto de calidad de vida. El hecho fundamental es que pueda asumir la nueva situación y elaborar un nuevo proyecto requiriendo para ello un equilibrado juicio de realidad el cual puede verse afectado por el padecimiento en sí, por la discapacidad que genera, por la conmoción que provoca el saberse portador de una enfermedad invalidante o que pone en alto riesgo su vida.