7 de enero de 2011

Psicopatología y Sectas: El culto a la Santa Muerte


SECTAS Y PSICOPATOLOGÍA: SANTA MUERTE

El sectarismo, (Javaloy, 1984), se ha convertido en una dinámica cada vez más presente en nuestra sociedad. Su etiología hay que buscarla entre los factores de crisis psicosocial y estructural que caracterizan, fundamentalmente, las tres últimas décadas (Wilson, 1970; Rodríguez, 1984, 1989, 1994; Canteras y otros, 1992), y entre sus efectos cabe destacar la potenciación de dinàmicas delictivas y/o patógenas en diferentes grados (Clark, 1981; Galanter, 1982; Ash, 1985; Rodríguez, 1985, 1988, 1989, 1991, 1994; Rodríguez, 1992). En cualquier caso, hasta la fecha, el denominado "problema de las sectas" aún no ha sido abordado adecuadamente desde las perspectivas política, judicial, clínica, asistencial y preventiva.
 
La crítica fundamentada a las "sectas" se dirige hacia grupos muy cerrados (Aguirre y otros, 1995) -replegados sobre sí mismos, maniqueos, autoreferenciales, con dogmas/reglamentos específicos y excluyentes, etc.- y/o que protagonizan comportamientos susceptibles de ser descritos o tipificados como ilícitos o delictivos. Aunque, de hecho, algunos antropólogos (Prat y otros, 1990-1993) opinan que cuando se habla de "sectas" es imposible saber con claridad a qué tipo de entidad se hace alusión. ¿Partimos de la dicotomía iglesia/secta de Max Weber o de Troeltsch? ¿Nos basamos en los criterios definitorios de Wilson (1970), de Rodríguez (1984, 1994) o los del congreso de Wisconsin de 1985? Los conceptos de lo que es o no una "secta" parecen ser muy divergentes, pero no sólo porque los distintos autores parten desde perspectivas y modelos diferentes, sino porque, en buena medida, tratan de realidades distintas (a menudo complementarias o paralelas, pero difícilmente asimilables) y persiguen objetivos de análisis divergentes.

Para el ser humano es interesante lo que es desconocido y mas aun si este viene cargado con el compromiso de cumplimiento de algún deseo o apetencia, en el presente artículo se detalla uno de los cultos mas frecuentes en México, el cual se está extendiendo por Europa y América. Se describe además su relación con la psicopatología o los trastornos psiquiátricos descritos en la literatura médico psiquiátrica.


Todo como punto de referencia el culto de la Santa Muerte ya que esta superponer símbolos Católicos, creando una disociación entre ambos. Por ejemplo como se observa en la siguiente fotografía en donde se adora a "La señora" bajo la forma de la Virgen de Guadalupe, realizando exactamente el mismo ritual de la iglesia, con misa, procesiones, etc :


Un culto es un conjunto de actos que se atribuyen como veneración profunda y que van ligadas con la cultura. (Rojas, Maria de las Nieves, 1998)
Para sus devotos, la señora, como la llaman afectuosamente, es capaz de aparecerse y manifestarse corporalmente o imprimir sus imágenes en diversos lugares, en libros y revistas en los que se promueve su culto, narran las intervenciones milagrosas que han vivido, en las que la santa muerte los ha librado de múltiples peligros y les ha ayudado a resolver problemas complicados.
¿Qué decir al respecto? Es un culto más que en este caso se manifiesta dando características humanas y divinas a un fenómeno tan natural como la muerte, que no es ni una persona ni siquiera una cosa o fuerza. Podríamos definirla simplemente como el término de la vida. En diferentes culturas ha tenido muchos nombres, siempre esta presente.


Antecedentes históricos
Algunos pueblos de Meso América tenían la costumbre de adorar bultos hechos con objetos sagrados colocados en altares familiares, en los que se guardaban los restos óseos de antepasados, los consagraban igual que a las representaciones de sus deidades y les prodigaban cultos familiares, cita el etnólogo Jesús Chamorro Cortés en el libro “Los orígenes del culto en México”(1998).
Desde sus inicios, la cultura mexicana ha mantenido una relación cercana y hasta reverente hacia la muerte, relación que con el tiempo se convirtió en un culto que llegó a extenderse por muchos rincones y civilizaciones del México antiguo, entre ellos la de los mexicas.
El culto a la muerte existe en México desde hace más de tres mil años. los antiguos pobladores de lo que hoy es la república mexicana concebían a la muerte como algo necesario y que le ocurre a todos los seres en la naturaleza. Tenían por seguro que los ciclos en la naturaleza como la noche y el día, la época de secas y lluvias eran el equivalente a la vida y la muerte.


Comenzaron a representar a la vida y la muerte en figuras humanas descarnadas por la mitad. Estas imágenes simbolizaron la dualidad entre lo vivo y lo muerto, lo que llevamos dentro y fuera, la luna y el sol. Podemos decir que es entonces cuando comienza un culto a la muerte que se extiende por todos los rincones del México antiguo y son devotos muchísimas culturas como los mayas, zapotecos, mixtecos, totonacas y otras más.

Pero uno de los pueblos dónde el culto a la muerte adquirió más fuerza fue el de los mexicas o aztecas. Este pueblo considerado como uno de los más aguerridos de que se tenga noticia llevó a los extremos la devoción a la muerte.


Las deidades de la muerte

Los mexicas heredaron de épocas antiguas a dos dioses: mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, el señor y la señora del Mictlan la región de los muertos. a este lugar iban los hombres y mujeres que morían de causas naturales. pero el camino no era fácil. Antes de presentarse ante el señor y señora de la muerte había que pasar numerosos obstáculos; piedras que chocan entre sí, desiertos y colinas, un cocodrilo llamado Xochitonal, viento de filosas obsidianas, y un caudaloso río que el muerto atravesaba con la ayuda de un perrito que era sacrificado el día de su funeral.

Finalmente el difunto llegaba ante la presencia de mictlantecuhtli y mictecacihuatl, los terribles señores de la oscuridad y la muerte. La tradición dice que entonces se le entregaba a los dueños del inframundo ofrendas. Este detalle es muy importante ya que con el tiempo estas ofrendas seguirán presentes en los altares de la santa muerte.


Mictlantecuhtli y mictecacihuatl fueron sin lugar a dudas las deidades a quienes se encomendaban a los muertos pero también eran invocados por todo aquel que deseaba el poder de la muerte. Su templo se encontraba en el centro ceremonial de la antigua ciudad de México Tenochtitlan, su nombre era Tlalxico que significa “ombligo de la tierra”, hileras de cráneos.
Había otras representaciones de la muerte entre los mexicas. por ejemplo el Tzompantli, “hileras de cabezas”. Este Tzompantli no era otra cosa que unos palos en donde se ensartaban cráneos y se formaban grandes hileras como en los ábacos utilizados por los niños para contar.
Estos Tzompantlis se encontraban en los grandes templos del México antiguo y eran considerados como una parte importante del culto de sacerdotes y gente común. Además de los Tzompantlis tan conocidos y famosos también existían diferentes representaciones de la muerte representados casi siempre en figuras de calaveras talladas en piedra, en barro, o bellamente pintadas en los libros antiguos llamados códices.

También se han encontrado calaveras humanas adornadas con pedernales y conchas por ojos. los especialistas no se han puesto todavía de acuerdo sobre el significado de estas calaveras pero suponen que era una ofrenda a los señores de la muerte. así, por donde quieran aparecen los rastros de la muerte descarnada, están en los adornos de la diosa Coatlicue, en las ofrendas en incensarios rituales, en figuras de todo tipo y tamaño.

Todo esto nos dice que hubo un culto muy fuerte a la muerte entre los antiguos mexicanos. y conste que no hemos hablado de los mayas, los tarascos o los totonacos que tan devotos fueron de la muerte. Conocidos también como aztecas, los mexicas mantenían como parte de sus creencias al culto de dos dioses, Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, "señor " y "señora" de la oscuridad y la muerte, a quienes no sólo se les encomendaba los difuntos, sino que también se les invocaba para conseguir otros favores relacionados con la muerte.

La colonización española logró disminuir el culto a la muerte, pero no erradicarlo, de manera que permaneció oculto hasta el siglo XIX, cuando ocurrió un resurgimiento en su devoción. Al principio del ciclo pasado diferentes personas, entre ellas católicas, mandaron a quemar toda imagen de la Santa Muerte en América, principalmente Centro y Sudamérica, para acabar con dicho culto. Una de las imágenes que sobrevivió a dicha destrucción es la que se encuentra en Chiapas, le rinden culto a un esqueleto de madera el cual tiene su templo, según el relato de los creyentes es una replica del esqueleto de San Pascualito, quien va por las personas después de morir.  
Dependiendo de la petición del fiel, es el color de la muerte que se debe de escoger para colocar en el altar: Blanca, salud; negra, fuerza y poder; morada, para abrir caminos; café, para embocar espíritus del más allá; verde, para mantener unidos a los seres queridos; roja, para el amor y la amarilla, para la buena suerte.
Se dice que su día oficial es el 15 de agosto, declarado como "Día de la Santa Muerte" por sus fieles.

Aunque la Iglesia Católica condena esta veneración, denominándola como "pecaminosa", algunos asocian esta práctica con la Iglesia. Mientras tanto a la mayoría de sus seguidores parece no importarle la contradicción entre su religión y el culto pagano a "La Santa".
Por ello, se organizan rituales similares a los cristianos, incluyendo procesiones y oraciones con el fin de ganar su favor. Muchos hasta llegan a erigir su propio altar en su hogar, oficina o negocio para sentirse protegidos por ella. El altar suele consistir de una estatuilla cuyas medidas va de 15 centímetros a tamaño humano, rodeada de distintas ofrendas, entre las cuales se encuentran arreglos florales, frutas, inciensos, vinos, monedas, dulces y golosinas, además de velas, cuyo color varía de acuerdo a la petición.
La gente acude a ella para pedirle milagros o favores relacionados con el amor, la salud o el trabajo. Por otro lado, también se le pide por fines malévolos, tales como la venganza y la muerte de otros. Sus simpatizantes suelen identificarse al portar algún dije o escapulario de su imagen, mientras que otros optan por llevar su figura de manera indeleble, al tatuársela en la piel. Como elementos indispensables se exigen los puros, los cuales deben estar constantemente encendidos, y el imprescindible pedazo de pan. El escritor y poeta mexicano Homero Aridjis, autor del libro "La Santa Muerte", ha seguido y ha documentado este fenómeno desde muy cerca.

Inicialmente su devoción era exclusiva de criminales, incluyendo contrabandistas, pandilleros, ladrones y prostitutas, quienes suelen hacerle peticiones, tales como el librarles de las balas de la policía o de cualquier otro mal, como por ejemplo, la cárcel.
Contradictoriamente, es fácil encontrar devotos del otro lado de la ley, entre ellos militares y policías, quienes piden una bendición para su pistola y sus balas. Incluso, la devoción a "La Flaca" se ha convertido en algo popular dentro de la elite política y empresarial. Aquellos que acuden a su altar la veneran como si fuese una santa, persignándose y rezándole para que se cumplan sus peticiones.
El apego a esta creencia (Entendemos como superstición a la creencia que tiene fundamento en causas sobrenaturales o desconocidas).  Se ha extendido al territorio estadounidense con la inmigración de varios de sus discípulos, quienes afirman haber entregado su travesía a su "santa", llevando entre sus ropas imágenes de ella para mantener su continua protección. Debido a la creencia de que prefiere no ser llamada por su nombre, se dice que la muerte agradece si es nombrada con cariño con el uso de alguno de sus apodos favoritos, tales como "La Comadre", "La Bonita", "La Flaca", "la Señora" o "La Niña".
La Santa Muerte es adorada y su  rito ha sido prohibido y criticado por la Iglesia Católica, una escultura de un cuerpo esquelético envuelto en una túnica; recibe ofrendas como puros, alhajas y hasta vestidos de novia de quienes la invocan para conseguir marido. El misticismo es una doctrina filosófica y religiosa que admite la realidad de una comunicación directa y personal con Dios por intuición o éxtasis. Hoy la veneración a esta deidad se extiende por varias regiones del territorio mexicano, siendo narcotraficantes y otros delincuentes sus más fervientes creyentes. Los fieles creyentes de la Santa Muerte están en descontento. El gobierno mexicano canceló el registro al grupo religioso bajo el argumento de que violó sus propios estatutos.
"Al haber registrado un objeto de culto y dedicarse a otro, se afecta gravemente el objeto de la asociación religiosa y se les retira el registro en garantía de las personas que profesan esta confesión", argumentó Armando Salinas Torre, subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación.( Barranco, Bernardo,2005)
A pesar de que la Iglesia de Roma siempre ha repudiado esta práctica, que antecede al conquistador español Hernán Cortés, está integrada por 15 parroquias en Los Ángeles, California, y una en México. El culto pagano a la Santa Muerte, que recientemente ha cobrado popularidad, cuenta con dos millones de creyentes en México y es venerada en el barrio de Tepito, en el centro de la capital mexicana.
La Iglesia Católica ha condenado su devoción, por una cuestión teológica basada en la cita del Apocalipsis de San Juan, donde se menciona que la Muerte será lanzada a un pozo de lava hirviendo:
"Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.... La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego, este lago de fuego es la muerte segunda"
Apocalipsis 20, 13-14[3] [4]
O bien, se debe a las oraciones del rito del sacramento de la Unción de los enfermos en la que se pide a Dios una "santa muerte", es decir, "morir en amistad con Dios", en el caso de que el enfermo se encuentre en estado terminal.
Desde el punto materialista, la muerte no es una persona, sino un estado de los seres vivientes. Otros autores identifican a la muerte no como entidad susceptible de adoración, sino como un evento u ocurrencia del devenir del ser.
Psicoanálisis y psicopatología de las sectas satánicas

El fenómeno de las sectas satánicas amerita ser estudiado y analizado a fondo, aún porque ha obtenido un gran auge en nuestros días, especialmente entre muchos de los jóvenes y algunos impúberes, sin desconocer la enorme influencia de los adultos, que gobiernan dichos cultos negativos, están en contra del respeto de la integridad y el sano desarrollo del ser humano.  
Las creencias en las sectas satánicas se fundamentan en la explotación de los impulsos en contra de los principios, la ley divina y los valores, permitiendo la afloración de los instintos que encuentran una inadecuada canalización, provocando experiencias desagradables y dañinas emocionalmente para quienes practican estos ritos, con una honda repercusión en las demás personas de nuestra sociedad. La formación familiar es vital y es por lo que muchos jóvenes llevan la rebeldía contra las figuras de poder, siendo influenciados por un líder que presenta características perversas, asociales así como manipuladoras, que los induce a inclinarse por una creencia contraria a la religión católica; los satanistas convencen a sus iniciados en estas prácticas a la explosión de sus impulsos sin límite alguno. Es muy común que las personas que se inician en dichas prácticas satánicas presentan grandes vacíos emocionales y conflictos psíquicos.

Dado que no es éste el espacio apropiado para continuar el interesante debate académico sobre la acotación definitoria del concepto de "secta", optaremos por la definición más operativa y que permite diferenciar, al menos, entre dos grandes grupos de "sectas": las que presentan comportamientos lícitos y las que mantienen dinámicas estructurales más o menos ilícitas o delictivas y patógenas (Rodríguez, 1984, 1989, 1994; Rodríguez, 1992; Canteras y otros, 1992). En este último caso están las denominadas "Sectas destructivas" (SD) -o también, "Sectas Coercitivas" (Rodríguez, 1992)-, un calificativo que no pretende tanto etiquetar a grupos concretos como identificar dinámicas grupales muy específicas. Así, SD será sinónimo de "sectarismo destructivo", eso es de un conjunto de comportamientos que pueden darse tanto en grupos reconocidos -eso es estigmatizados- socialmente como "sectas", como en otros que no son identificados como tales.
 
Este planteamiento inicial nos lleva a identificar lo que hemos dado en llamar Sectas Destructivas en base a tres tipos de actuaciones lesivas: en el campo psicológico, en el social y en el jurídico. Y la propuesta definitoria establecida por este autor hace algunos años (Rodríguez, 1984, 1989 y 1994), y que hoy está ya muy consensuada, obvia celosamente todo criterio calificador que se base en considerandos religiosos, filosóficos, políticos o, simplemente, de orden moral, para apoyarse únicamente en criterios de defensa de los Derechos Humanos. Así, pues, la definición que vamos a mantener en este trabajo para identificar a los grupos o dinámicas de riesgo es la siguiente:
 
Una Secta Destructiva (SD) será todo aquel grupo que, en su dinámica de captación y/o adoctrinamiento, utilice técnicas de persuasión coercitiva que propicien la destrucción (desestructuración) de la personalidad previa del adepto o la dañen severamente. El que, por su dinámica vital, ocasiones la destrucción (desestructuración) de la personalidad previa del adepto o la dañen severamente. El que, por su dinámica vital, ocasiones la destrucción total o severa de los lazos afectivos y de comunicación efectiva del sectario con su entorno social habitual y consigo mismo. Y, por último, el que su dinámica de funcionamiento le lleve a destruir, a conculcar, derechos jurídicos inalienables en un Estado de Derecho.
 
El estar sometido continuamente a una dinámica de persuasión coercitiva, tal como es el caso de los adeptos de SD, llega a causar una serie de trastornos psicológicos más o menos importantes que, básicamente, estarán en función de tres factores variables (Rodríguez, 1994): a) la estructura de personalidad previa del sujeto; b) su nivel de integración en la SD; y c) el tipo de SD y de la dinámica despersonalizante específica empleada por el grupo.
 
Así, pues, una misma SD podrá causar efectos diferentes y/o de distinta gravedad en cada adepto, e incluso, en algunos casos, no llegará a ocasionar ningún tipo de alteración significativa y/o acabará siendo un marco positivo para el sectario. En los casos en que el sujeto ya padecía previamente algún tipo de psicopatología (generalmente no diagnosticada y, a menudo, aún no aflorada), la dinámica grupal de la SD -incluyendo su entorno delirante- podrá actuar en un doble sentido: como marco contenedor de la psicopatología, contribuyendo positivamente a mantener al sujeto controlado y "sano" o, caso más frecuente, como desencadenante que activa la psicopatología previa y lleva al sectario, sumido en una ruptura psicótica, hasta un hospital psiquiátrico.
 
Sectas y psicopatología:
Desde hace algunos años, concretamente desde la redacción del epígrafe 300.15 del DSM-III, el denominado "Desorden Disociativo Atípico" (o también, "Trastorno Disociativo no especificado") ya le pone marco diagnóstico a las alteraciones producidas por las SD. Según este manual normativo, el Desorden Disociativo Atípico se define como "una categoría residual a utilizar para aquellos sujetos que demuestren tener una Perturbación Disociativa, pero que no se ajustan a los criterios de una Perturbación Disociativa específica. Los ejemplos comprenden los estados parecidos al trance, desrealización no acompañada de despersonalización y aquellos estados disociados más prolongados que pueden darse en personas que han estado sujetas a períodos de prolongada e intensa persuasión coercitiva (lavado de cerebro, reforma del pensamiento y adoctrinamiento, mientras han estado en poder de terroristas o sectas)".
 
Resulta clarificador este hermanamiento de síntomas entre las víctimas de secuestros terroristas y las de las sectas, ya que, en definitiva, patentiza la equivalencia de resultados finales de dos procesos que violentan a la persona, la despojan de sus derechos, y la sujergen en un universo cerrado y coaccionante en donde la propia supervivencia depende únicamente de la voluntad/magnanimidad de los captores y de la capacidad de sumisión a todos sus deseos y consignas por parte de la víctima que, finalmente, rompe sus resistencias y mecanismos defensivos y es transformada en un ser vitalmente identificado con las ideas y objetivos de los terroristas (es lo que se conoce también como el Síndrome de Estocolmo) o con las de los sectarios.
 
EL SECTARISMO ENTENDIDO COMO UNA DINÁMICA ADICTIVA
 
Conviene mencionar aquí, aunque no vayamos a analizar en profundidad un concepto tan fundamental para el abordaje que nos ocupa, el hecho de que la dinámica de una SD puede llegar a generar dependencia, entendida ésta en el sentido apuntado, por ejemplo, por Rozanne W. Faulkner (1991), que propone definir la adicción como un trastorno serio y progresivo que implica la autoadministración repetitiva de una sustancia o un proceso para evitar las percepciones de la realidad a través de la manipulación de los procesos del sistema nervioso, produciéndose, en consecuencia, un daño en el equilibrio del funcinamiento bioquímico del organismo y una pérdida de habilidad para relacionarse con el mundo exterior sin el uso de la sustancia o proceso seleccionado.
 
Dado que el pensamiento puro y las emociones pueden activar la producción de endorfinas, aspecto bien documentado en los estudios de Ornstein y Sobel (1987) sobre el efecto placebo, resulta evidente, en principio, que ambos procesos -pensamiento y emociones-, al ser capaces de evocar la producción de betaendorfinas, pueden resultar altamente adictivos. A pesar de ser productos endógenos, las endorfinas son tan adictivas como la morfina y la heroía (Ornstein y Sobel, 1987). Parece evidente, pues, que todo aquello que pueda ser capaz de evocar la producción de betaendorfinas podrá ser altamente adictivo. Y el marco protector que ofrecen las SD a sus adeptos (Rodríguez, 1989) es perfecto para incrementar el nivel de dopamina, norepinefrina o betaendorfinas.
 
No están aún claros del todo, sin embargo, los procesos que estimulan la producción de los opiáceos internos. Algunas actividades como el ejercicio físico, la jardinería, la meditación y otras muchas activan la producción de betaendorfinas y desembocan en adicción. Pero resulta evidente que no todas estas actividades pueden hacer segregar endorfinas, de la misma forma en que, por ejemplo, la cocaína tampoco las hace segregar en todos los casos. Algunas actividades podrían hacer segregar dopamina o norepinefrina en lugar de endorfinas. Pero, en cualquier caso, se hace evidente que el proceso puede ser tan adictivo como la sustancia (Faulkner, 1991).
 
En los procesos adictivos, en general, parece claro que la relación sustancia-comportamiento/adicción-adicto debe representarse mediante una ecuación no lineal y que, dejando al margen posibles causas genéticas, las razones por las que unos comportamientos resultan adictivos para unos, pero no para otros, hay que buscarlas en la estructura de personalidad del sujeto adicto y, muy especialmente, en sus circunstancias sociales y en el tipo de relaciones que establece con ellas.
 
En este sentido se encamina el concepto propuesto por Rodríguez (1993, 1994), al denominar como menor autodestructivo a toda estructura de personalidad -construida desde la infancia- debilitada por diversidad de pautas formativas y educativas erróneas que, ante condiciones sociales vividad como adversas, lanza al sujeto hacia la búsqueda de reductores de ansiedad extremos, haciéndose perder el control de los mismos hasta caer en dinámicas de dependencia más o menos profundas y autodestructivas.
 
La personalidad previa del sujeto, tal y como ya señalamos, es la clave para poder prevenir o para valorar el tipo de problemas que podrán derivarse de la pertenencia a una SD.
 
TRASTORNOS PSÍQUICOS Y FÍSICOS
 
Los trastornos psíquicos y físicos derivados de la pertenencia a una SD son el factor que primero llamó la atención de los expertos en sus estudios (Clark y otros, 1981; Galanter, 1982; Spero, 1982; Langone, 1983, Ash, 1985), pero también han sido la razón fundamental para que, al igual que ha sucedido con las toxicomanías, en el abordaje de la problemática de las SD haya primado una visión exclusiva y excesivamente medicalizada en detrimento de la psicosocial, que resulta mucho más importante, adecuada y eficaz tanto para comprender el fenómeno como para abordar los conflictos que genera.
 
Lo que, en 1982, este autor empezó a denominar SSD - Síndrome de Secta Destructiva- (Rodríguez, 1984), es un conjunto de alteraciones que, con múltiples combinaciones en cuanto a cantidad y calidad, dibujan el amplio y no siempre bien definido perfil mórbido de sectarios y ex sectarios. En general, entre los adeptos de SD, suelen darse algunos de los trastornos que, a nivel de enunciados, se relacionan a continuación (Rodríguez, 1994):
 
Incremento de las pautas de rigidez en el carácter. Disminución drástica del sentido del humor. Tendencia al reduccionismo maniqueo de la realidad. Incremento de la pasividad personal y de la dependencia de terceras personas. Deterioro progresivo de la emocionalidad, que se vuelve labil, distante, achatada, falta de espontaneidad y oscilante entre la depresión y la euforia. Alteración de las pautas habituales de atención y percepción al estar focalizadas selectivamente por el estrecho -y emocionalmente intenso- marco doctrinal de la secta. Transformación de la propia personalidad con pérdida progresiva de rasgos caracteriales definitorios en favor de pautas de identidad dominantes en el grupo sectario ("robotización"). Dificultad para tomar decisiones. Dificultad para expresar necesidades de forma concreta. Dificultad pra concentrarse. Problemas para fijar la atención sobre algo concreto. Deterioro de la capacidad para realizar juicios objetivos e independientes. Capacidad intelectual más o menos mermada (se satura muy fácil y rápidamente la capacidad de percepción y análisis). Problemas de memoria. Pérdidas del sentido de realidad. Alteración severa de la jerarquía de valores anteriores al ingreso en la secta. Desidentificación severa con el propio pasado biográfico. Disminución de los mecanismos adaptativos. Alteraciones en los mecanismos de defensa del yo. Regresión infantil (infantilización de rasgos del carácter, actitudes y hábitos, retroceso en la calidad de la escritura e, incluso, aniñamiento de algunos rasgos físicos del rostro). Ralentización del proceso evolutivo personal (se corta y/o dificulta extremadamente el proceso de maduración y se instala al sujeto en la inmadurez). Incremento de las tendencias narcisistas (presunción, vanidad, falta de autocrítica, despreocupación, egolatría, etc.). Aparición de estados alterados de conciencia (flotaciones), junto a episodios de disociación, alucinaciones, ideación delirante o paranoide, obsesiones, etc. Desarrollo de cuadrod netamente psicopatológicos. Trastornos de la ingesta (con alteraciones de peso y vitalidad). Trastornos hormonales. Trastornos de la conducta sexual.
 
Todas estas alteraciones no son fruto de una causa mórbida única (salvo si tomamos por tal el propio concepto de SD), sino que son el resultado combinado de diferentes procesos lesivos que, para un clínico, tienen etiologías, diagnósticos y tratamientos diversos y específicos. A estos problemas, además, deben añadirse los que suelen padecerse al abandonar la secta, a consecuencia del llamado trastorno de estrés postraumático y de otras causas que no entraremos a valorar aquí.
 
Capítulo aparte merece la problemática específica de los menores insertos en SD (Landa, 1987; Rodríguez, 1989, 1994), pero el espacio limitado de este artículo nos impide su abordaje aún de forma sucinta.
 
 
DETERIORO DE LA DINÁMICA SOCIAL Y LAS RELACIONES INTERPERSONALES
 
La experiencia de pertenecer a una SD no sólo afecta al equilibrio psíquico y emocional y capacidades intelectuales del sectario, daña también de forma considerable todo su proceso socializador y sus relaciones interpersonales.
 
La propia dinámica aislante, que es consustancial con toda SD, lleva a minar y/o romper -todos o buena parte de ellos- los lazos afectivos y comunicativos básicos que tiene cualquier sujeto: familia, amigos, pareja, etc.
 
Pertenecer plenamente a una SD es incompatible con el mantenimiento de relaciones y afectos normalizados con personas ajenas a la secta (y máxime si se muestran críticas respecto al grupo), ya queesta doble militancia afectiva y comunicativa del neófito le mantendría en contacto conla realidad -es decir, con las dinámicas más o menos racionales y lógicas que caracterizan la vida cotidiana-, le restaría tiempo y fuerza para dedicarse a la secta, puesto que pasaría buena parte de su tiempo haciendo actividades diversas con familiares, pareja, amigos o compañeros, le obligaría a mantener una jerarquía de valores y proioridades en la que la secta perdería su omnipresencia y su exclusividad, y, en definitiva, supondría un obstáculo insalvable para que la SD pudiese enseñorearse de la personalidad del sujeto y pasase a manipularle y explotarle a su conveniencia.
 
Los perjuicios que se derivan de este aislamiento afectivo sistemático son tan obvios que no merecen más comentarios. Y serán aún más graves cuando al sectario, además, se le fuerza a abandonar sus estudios, su trabajo, sus actividades de ocio, etc. O cuando afectan a mujeres -amas de casa particularmente, que ya de por si tienen muy pocos o nulos contactos e intereses fuera de los de su ámbito familiar- o a menores.
 
El mundo de la SD va estrangulando progresivamente la dinámica social del adepto, dejándole sin apoyos personales y afectivos al margen de sus compañeros sectarios (que sólo seguirán apoyándole en la medida en que acate los deseos del líder y, en caso contrario, le volverán la espalda), haciéndole perder años preciosos para su formación (al forzarle a dejar sus estudios y/o alejarse de cualquier otra actividad cultural o formativa), y limitándole sus posibilidades de supervivencia económica.
 
Todo este cúmulo de dificultades no sólo serán una barrera para poder abandonar la secta, sino que, igualmente grave, se convertirán en problemas notables cuando el sectario haya abandonado el grupo e intente rehacer su vida en la sociedad normal y corriente.
 
FACTORES DE PREDISPOSICIÓN: PERSONALIDAD PRESECTARIA
 
De todos modos, expuesto lo anterior, resulta tanto más importante resaltar que para que pueda propiciarse la captación sectaria debe darse un momento oportuno (Rodríguez, 1994) en el que deben coincidir necesariamente las cuatro condiciones siguientes: 1.- Tener un perfil de personalidad presectaria. 2.- Estar atravesando un momento de crisis (derivado de una circunstancia puntual y anómala y/o de algún problema largo tiempo sostenido) especialmente grave y dolorosa que haga rebosar la capacidad del sujeto para resistir el estrés y la angustia. 3.- Ser contactado de un mundo adecuado (que pueda ser tenido en cuenta por el sujeto) por un reclutador sectario (conocido o no del sujeto). 4.- Que el mensaje sectario propuesto encaje con las necesidades, intereses y mentalidad del sujeto. De estas cuatro condiciones, la primera es determinante, la segunda desencadenante y las otras dos coadyuvantes.
 
Los factores de predisposición al sectarismo son múltiples, no excluyentes entre sí y susceptibles de actuar de forma combinada (Clark, 1981; Langone, 1983; Ash, 1985, Canteras y otros, 1992; Rodríguez, 1992; Rodríguez, 1989, 1994), y tienen su origen en diferentes aspectos del proceso biográfico de un sujeto, esquematizables en seis bloques (Rodríguez, 1994): edad, sistema familiar disfuncional, trastornos de la personalidad, dificultades de adaptación social, búsqueda religioso-espiritual, y desconocimiento de los factores de vulnerabilidad personal ante la manipulación. Así, pues, entre los factores de predisposición que pueden decantar una personalidad presectaria destacaremos los siguientes:
 
A) Problemas derivados de la edad: Adolescencia/juventud.
B) Problemas derivados de un sistema familiar disfuncional: Empleo de pautas educativas extremas (excesivamente autoritarias o laxas). Malos tratos físicos y/o psíquicos en general. Generación de vínculos sobreprotectores (derivados de la actuación materna especialmente). Síndrome de "ausencia del padre" (por ausencia real, presencia mínima, o débil relación padre-hijo). Carencia de dirección paterna y/o incapacidad para guiar la maduración del hijo y dotarle de estructura y límites que le capaciten para ser un ente autónomo e independiente. Carencias afectivas y falta de atención paternas que impidan fortalecer y/o reafirmar el vínculo paterno filial y el sentimiento de seguridad. Pobre comunicación familiar y/o empleo de pautas de comunicación doble-vinculantes por parte de los padres hacia los hijos. Desconocimiento de la realidad evolutiva y social del hijo y, por ello, incapacidad para ayudarle a superar sus problemas y contener sus conflictos emocionales. Situación de conflicto permanente (reconocido o no) entre la pareja paterna.
C) Problemas derivados de trastornos de la personalidad: Tendencia a la soledad y a la depresión. Dificultad para comunicarse y establecer relaciones. Inseguridad, incertidumbre, confusión y ambivalencia. Tendencia a la ansiedad y la angustia. Inmadurez afectiva. Necesidad de afecto y/o sobrevaloración de la esfera afectivo-sentimental y de las espectativas que cabe esperar de ella. Dependencia y falta de autoconfianza. Baja autoestima. Sentimiento de soledad y/o abandono. Tendencia a la autoculpabilización. Tendencia al idealismo ingenuo. Tendencia a la credulidad. Dificultad para expresar ideas de forma crítica. Falta de asertividad. Baja tolerancia a la ambigüedad. Baja tolerancia a la frustración. Necesidad de valores y/o respuestas absolutos. Búsqueda de la satisfacción inmediata (impaciencia por obtener resultados).
D) Problemas derivados de dificultades de adaptación a la realidad social: Insatisfacción con la vida cotidiana. Depresión y/o rebeldía ante la realidad social. Sentimiento de alienación. Dificultades de adaptación a las estructuras y/o normativas sociales mayoritarias. Desarraigo generalizado. Carencia de un sistema de valores y/o de marcos normativos o autonormativos sólidos. Tendencia a conceptualizar e interpretar los problemas cotidianos desde perspectivas religiosas. Sentimiento de falta de plenitud. Desilusión y/o frustración ante las ofertas del ámbito sociocultural y sus expectativas.
E) Problemas derivados de una búsqueda religioso-espiritual: Aspiración de perfección y trascendencia espiritual. Preponderancia del pensamiento mágico sobre el pensamiento racional. Susceptibilidad y/o atracción hacia los estados de trance y similares. Apetencia por experimentar nuevos estados alterados de conciencia.
F) Problemas derivados del desconocimiento de los factores de vulnerabilidad personal ante los procesos persuasivo-manipuladores: Desconocimiento de la propia fragilidad psicológica. Desconocimiento del modus operandi de las técnicas de manipulación emocional (persuasión coercitiva) y de sus resultados. Desconocimiento de las situaciones psicosociales que incrementan el riesgo de vulnerabilidad. Desconocimiento de la realidad y riesgos de las SD.
 
Este perfil psicosocial potencialmente más vulnerable a la acción proselitista de las sectas afecta a un 13% de los jóvenes españoles de 14 a 29 años (Canteras y otros, 1992), que es tanto como decir que alrededor de 1.307.441 jóvenes poseen los factores de riesgo necesarios para que, de darse las cuatro condiciones apuntadas, puedan ser captados fácilmente por alguna SD.
 
PREVENCIÓN, TRATAMIENTO Y REHABILITACIÓN PSICOSOCIAL
 
El elemento fundamental para poder abordar eficazmente las diferentes problemáticas derivadas de la dependencia sectaria es, como en el campo de las toxicomanías, la prevención (Rodríguez, 1994). Pero la prevención, en materia de sectas, está ausente tanto en la práxis como en los discursos especializados, debido, entre otras razones, al enfoque maniqueo que, desde su origen, ha orientado a los especialistas de este campo y, en consecuencia, al rechazo a asumir las implicaciones psicosociales -profundamente críticas con el sistema familiar, educativo y social- que se derivan del acercamiento profundo y falto de prejuicios a la realidad de las sectas y de sus adeptos/adictos.
 
Las pautas preventivas, obviamente, deben desarrollarse trabajando desde diferentes perspectivas los seis bloques de predisposición al sectarismo antes apuntados. La experiencia de los seminarios ad hoc dados por este autor, desde 1987, a padres y educadores, ha resulado muy positiva y alentadora, pero, en cualquier caso, su repercusión es absolutamente limitada.
 
Por otra parte, la experiencia acumulada por el equipo del EMAAPS, dirigido por este autor, permite cuestionar seriamente el abordaje clásico de los "problemas de sectas" en los que se toma al grupo como causa y origen únicos del problema.
 
Desde la perspectiva sistémica, el problema adquiere una dimensión tan diferente que, en buena parte de los casos tratados, suele llegarse a la resolución del conflicto familiar -base y núcleo de las consultas- sin necesidad de tener que abordar directamente el fondo sectario del caso (aunque, por otra parte, al experto le será muy útil conocer a fondo, de antemano, la dinámica, estructura y creencias del grupo en cuestión para diseñar sus abordajes).
 
El proceso cronológico diseñado por este autor para el abordaje integral de un problema sectario es el que esquematizamos en los nueve puntos siguientes (Rodríguez, 1994):
 
1) Aproximación evaluadora global al problema consultado.
2) Evaluación del sistema familiar.
3) Evaluación global de la personalidad y circunstancias del sectario.
4) Abordaje terapéutico del sistema familiar.
5) Diseño y puesta en práctica de las estrategias de aproximación con finalidad descondicionadora y terapéutica.
6) Abordaje específico para ayudar al sujeto a superar su dependencia de la SD.
7) Abordaje terapéutico del síndrome postsecta.
8) Abordaje terapéutico de los conflictos originados en el perfil de personalidad presectaria.
9) Apoyo para el reajuste a la vida fuera de la SD y la adquisición de nuevos compromisos vitales para el futuro.
 
En los más de veinte años que este autor lleva tratando cuestiones de sectas, se han producido cambios notables en las características socioeconómicas de los sectarios y en las tipologías predominantes entre las sectas. Pero, para no alargar innecesariamente este artículo, resumiremos sólo algunos datos de los 209 casos (un 47% de las demandas recibidas) atendidos por el autor durante los últimos cinco años.
 
El 85% de los casos han buscado la ayuda del autor a partir de la lectura de sus libros y/o de sus intervenciones en medios de comunicación, el 15% restante ha sido derivado desde estamentos diversos (profesionales clínicos, policías, abogados, funcionarios, etc.). El 65% de las consultas totales se refiere a hijos afectados por sectas y el 35% a parejas en la misma situación; el 54% de los afectados son varones y el resto -46%- mujeres. La mayoría de las demandas de asistencia han sido iniciadas por mujeres (62%) -38% varones- y se refieren en un 59% a sus hijos, en un 39% a su pareja y en un 2% a otros (los varones han consultado en un 70% por su pareja, en un 27% por sus hijos y en un 3% por otros).
 
La demanda inicial de la práctica totalidad de los casos es la de "sacar de la secta" al familiar afectado. El 68% de las consultas se referían a grupos poco o nada conocidos públicamente. La intervención sólo se ha formalizado en el 56% de los casos consultados (en un 22% del total no se intervino por faltar las condiciones sociofamiliares básicas), lográndose resultados satisfactorios para todas las partes implicadas en el 78% de los casos tratados.
 
La ayuda psicológica -terapia individual, de pareja o familiar- ha sido necesaria, a muy diferentes niveles, en todos los casos tratados. En un 3% de los casos ha sido precisa la asistencia psiquiátrica por la presencia de procesos psicóticos y en otro 2% se ha necesitado la ayuda de psicofármacos.
 
Con todo, los resultados de la aún muy escasa asistencia privada especializada sirven para bien poco ante la magnitud del fenómeno sectario -unos 200.000 adeptos de SD en España-. Hoy por hoy, la rehabilitación psicosocial de los sectadependientes es un tema explícitamente ignorado por todas las políticas asistenciales, mientras que el asesoramiento y asistencia "público" a los afectados está exclusivamente en manos privadas.
 
Urge, por tanto, que las administraciones públicas, desde la asistencia comunitaria, se impliquen en la organización de una red preventiva, informativa y asistencial que sea objetiva, eficaz, descentralizada (que llegue a todo el país) y gratuita, a la que pueda acceder todo el mundo sin excepción.
 
 
 
 
PEPE RODRÍGUEZ

Director del EMAAPS (Equipo multidisciplinar para el Asesoramiento y Asistencia en        Problemas Sectarios) Barcelona.

 
 
Psicopatología de las sectas religiosas
·        Referencias Bibliográficas
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·        Barranco, Bernardo. (2005). La Santa Muerte. La Jornada. MÉXICO. 1 de junio de 2005
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·        Rojas, Maria de las Nieves. (1998). Surgimiento y desarrollo de las organizaciones evangélicas en México: la minoría existente 1988-1997.México:89, [32] tesis Licenciatura (Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Publica)-UNAM, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Universidad Nacional Autónoma de México.
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·        Villalbazo, Javier A. (1999). Miquizamoxtli (el libro de la muerte): Códice contemporáneo con el tema de la muerte en el Valle de México. México: El autor, 1999
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·        Vences, Leticia. (2001).La representación social de la muerte. México: El autor, 2001
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