22 de octubre de 2011

Palabras de quien lo ha perdido todo menos el honor


Palabras de quien lo ha perdido todo menos el honor

Te hablan los ojos de una muerta a quien nadie, ni siquiera por piedad, se los cerró con amor:
“Lo tuve todo, todo lo que un ser humano pueda desear, llegue a la cima y conocí gente de todas las razas, mundos y pensamientos dispares. La suerte o Dios siempre me sonrió, tras un mundo perfecto y maravilloso se escondió los deseos insatisfechos de otros, la mediocridad en el tuétano de los huesos, los ojos sinceros que aprendieron con el tiempo a disfrazar un alma llena de resentimiento, de rabia y de odio hacia todo lo que podía opacar su gran falsa. Tuve la desdicha de conocer los más bajos instintos de lo que podría llamarse “Ser humano”, transitar en la profundidad de los deseos mas pervertidos y la suerte estúpida de una ignorancia tan ciega que me impidió ver mas allá de lo que otros querían que viera … Siempre ayude, siempre tendí mi mano solidaria, siempre acogí, siempre fui el hombro de apoyo. Nunca falte, siempre perdoné … pero lo perdí todo nada más que por el imberbe capricho ajeno y aun después de haber visto naufragar mi vida entera, colgó sobre mi cabeza la más cruel espada de Damocles … Así que no me hables con palabras bonitas, de vidas esplendorosas, de bien, de solidaridad, de apoyo y compañía. Porque son palabras vacías, huecas, sin sentido, efímeras, fugaces, vanas … y fatuas para mí, hace tiempo se borraron de mi lexico y en mi diccionario personal fueron sustituidas por otras”.


El honor es la cualidad moral que obliga al hombre al más estricto cumplimiento de sus deberes consigo mismo y con los demás.
El honor es un símbolo de la vida virtuosa y un elemento esencial de la dignidad humana y pertenece al inconsciente colectivo como un valor esencial en el arquetipo del héroe.
La consecuencia de la conducta virtuosa es el honor de la buena reputación y la buena opinión ejemplar; y en el caso de las acciones heroicas, la gloria.
El honor se adquiere con el comportamiento honesto que pone en evidencia la propia dignidad para merecerlo.
El honor es una alabanza que expresa un homenaje a la buena actitud y a la correcta disposición como forma de vida.
Un cargo de honor se brinda a todo aquel que por sus virtudes se hace acreedor al uso de ese título y a sus favores como si realmente lo tuviera.
Las personas que merecen honores son consideradas en un nivel de jerarquía superior, más importante, porque han sido capaces de cumplir escrupulosamente con sus compromisos, han observado una conducta laboriosa y desinteresada y se han destacado por su honestidad y sus virtudes morales.
Los honores militares son demostraciones de honra y respeto por una trayectoria impecable. De manera que una persona honorable es aquella que es digna de ser honrada.
Pude comprobar que el honor es una palabra en desuso y es verdad, porque ya no existe ni siquiera en los nuevos diccionarios.
Por ejemplo, no aparece su definición en la versión abreviada de la Enciclopedia Británica, donde en lugar de la definición de honor aparece la leyenda “ver legión de honor”, título honorífico que reconoce a las personas dignas de honor, palabra cuya definición no está registrada.
Legión de Honor significa la orden y condecoración de más alto rango que existe en la República francesa. Creada por Napoleón pueden merecerla tanto hombres como mujeres, franceses o extranjeros que se han destacado durante veinte años por méritos civiles o actos de valentía en época de paz o por servicios militares durante la guerra.
No es casual que esta palabra no merezca una definición ya que en este mundo moderno son cada vez menos las personas dignas de honor.
La conducta virtuosa se ha tornado inestable y relativa, algo que alguien realiza según las circunstancias y que no se preocupa en mantener.
Creo que la orden de la Legión de Honor en poco tiempo permanecerá desierta por falta de candidatos para tan alto rango.
El hombre actual no es digno de honor, es “Light”, no piensa a largo plazo, se reduce a la inmediatez, por lo tanto no intenta proyectarse con una conducta estable y comprometida, sino que se permite cambiar según los dictados de las tendencias en las cuales se alista para pertenecer.
El honor ha dado lugar al actor que necesita ser aceptado y no segregado, adecuándose a las circunstancias para ser igual a los demás, evitando esfuerzos o conductas pasadas de moda, como la honradez o la honorabilidad, para no ser tildado de pacato y fuera de onda.
Es que el ser honorable como modo de vida parece reducir las posibilidades de su reconocimiento en una sociedad que se desarrolla sobre la base de la supervivencia del más apto.
Las grandes ciudades recrean los modos de vida del hombre primitivo, donde la lucha por sobrevivir anula toda capacidad simbólica y vuelve al hombre a una condición infrahumana
De las virtudes humanas, es indiscutible que el primer lugar lo debería ocupar precisamente EL HONOR.
EL HONOR es el sentimiento de la
dignidad personal por el cual el hombre se propone merecer la satisfacción de su propia conciencia y hacerse acreedor a la estimación y al respeto de los demás.
EL HONOR por lo tanto, es el juez severo que, sin formar parte de nuestra Judicatura, vigila constantemente nuestros actos sin tolerar debilidades de ninguna especie y que sujeta nuestra vida a una norma invariable de
conducta.
Nos debería llevar EL HONOR, a detestar los
medios vergonzosos ó inconfesables de que se valen algunos profesionistas para lograr un fin, también vergonzoso ó inconfesable, debiendo inspirar siempre nuestros actos, tal virtud, hacia los impulsos más nobles y generosos.
Si bien es cierto que EL HONOR es una virtud humana y por lo tanto el ideal es que exista en todos los hombres, deberíamos considerarla como la virtud suprema del
individuo y más entre los profesionistas que, como el abogado, sabemos que la gente siempre confía en él, porque va a ser su defensor o bien, le va a buscar la impartición de la verdad y la justicia, como valores también no poco virtuosos.
Es tan indispensable este sentimiento de EL HONOR , que sin él no puede concebirse un buen ciudadano, ya que el mismo juramento que hacemos todos (los varones) en edad militar, --cuando se cumple-- de defender la Bandera en caso necesario hasta perder la vida, está basado precisamente en esta virtud que busca producir hombres sin miedo y sin mancha, capaces de realizar todas las bellas y nobles
acciones.
Si decimos: "DOY MI PALABRA DE HONOR", deseamos indicar que tenemos un alto concepto de él y que por lo tanto, es la garantía mas importante y valiosa que podemos ofrecer al cumplimiento de nuestro compromiso con la sociedad que nos requiere.


FUENTE:




HONOR SIN VIRTUD, RAZÓN SIN SABIDURÍA Y PLACER SIN FELICIDAD, por Jean Jacques Rousseau
Archivado en: -MUNDO LIBRE — October 27, 2008 @ 10:39 pm


Lo que la reflexión nos enseña al respecto, la observación lo confirma cabalmente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto por el fondo del corazón y de las inclinaciones, que lo que hace la suprema felicidad de uno, reduce al otro a la desesperanza. El primero no respira más que el reposo y la libertad, sólo desea vivir y permanecer ocioso… Por el contrario, el ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta incesantemente para buscar unas ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte; adula a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; nada ahorra para obtener el honor de servirles; se vanagloria orgullosamente de su bajeza y de su protección, y orgulloso de su esclavitud, habla con desprecio de quienes no tienen el honor de compartirla. Es así cómo, al reducirse todo a las meras apariencias, todo se vuelve ficticio y fingido: el honor, la amistad, la virtud y con harta frecuencia hasta los propios vicios respecto de los cuales se encuentra finalmente el secreto de glorificarse; cómo, en una palabra, preguntando siempre a los demás lo que somos y no atreviéndonos nunca a interrogarnos nosotros mismos al respecto, en medio de tanta filosofía, humanidad, cortesía y máximas sublimes, no tenemos más que una apariencia engañosa y frívola, un honor sin virtud, una razón sin sabiduría, y un placer sin felicidad.”
Descubriendo y siguiendo así los caminos olvidados y perdidos que desde el estado natural han debido llevar el hombre al estado civil; al restablecer mediante las posiciones intermedias que acabo de marcar, las que el tiempo que me apremia me ha hecho suprimir o que la imaginación no me ha sugerido, todo lector atento no podrá sino quedar asombrado entre el espacio inmenso que separa a esos dos estados.
LA SOCIEDAD YA NO OFRECE A LOS OJOS DEL SABIO MÁS QUE UN CONJUNTO DE HOMBRES ARTIFICIALES Y DE PASIONES FICTICIAS QUE NO TIENEN NINGÚN FUNDAMENTO VERDADERO EN LA NATURALEZA
Es dentro de esa lenta sucesión de las cosas donde se verá la solución de una infinidad de problemas de moral y de política que los filósofos no pueden resolver. Sentirá cómo no siendo el género humano de una época el género humano de otra época, la razón del por qué Diógenes no encontraba a ningún hombre es porque buscaba entre sus coetáneos al hombre de una época que había desaparecido; Catón -dirá- pereció con Roma y la libertad porque se hallaba fuera de su lugar en su siglo, y el más grande de los hombres sólo pudo asombrar a un mundo que hubiese gobernado quinientos años antes.
En una palabra, aclarará de qué manera el alma y las pasiones humanas al alterarse insensiblemente, cambian por así decirlo de Naturaleza; por qué nuestras necesidades y nuestros gozos cambian a la larga de objetos; por qué, dado que el hombre original va desapareciendo gradualmente, la sociedad ya no ofrece a los ojos de un sabio más que un conjunto de hombres artificiales y de pasiones ficticias que son la obra de todas esas nuevas relaciones y que no tienen ningún fundamento verdadero en la Naturaleza.
Lo que la reflexión nos enseña al respecto, la observación lo confirma cabalmente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto por el fondo del corazón y de las inclinaciones, que lo que hace la suprema felicidad de uno, reduce al otro a la desesperanza. El primero no respira más que el reposo y la libertad, sólo desea vivir y permanecer ocioso y la propia ataraxia del Estoico no se parece en nada a su profunda indiferencia por cualquier otro objeto.
Por el contrario, el ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta incesantemente para buscar unas ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte, incluso corre hacia ésta para ponerse en condiciones de poder vivir o renuncia a la vida para conseguir la inmortalidad, adula a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; nada ahorra para obtener el honor de servirles; se vanagloria orgullosamente de su bajeza y de su protección, y orgulloso de su esclavitud, habla con desprecio de quienes no tienen el honor de compartirla.
ESTÁ EN CONTRA DE LA LEY NATURAL QUE UN IMBÉCIL GUÍE A UN HOMBRE SABIO Y QUE UN PUÑADO DE GENTE REVIENTE DE COSAS SUPERFLUAS MIENTRAS QUE LA MULTITUD HAMBRIENTA CARECE DE LO NECESARIO
¡Qué espectáculo no serán para un Caribe los trabajos penosos y envidiados de un ministro europeo! ¿Cuántas muertes crueles no preferiría este indolente salvaje al horror de una vida semejante que a menudo no se ve ni tan siquiera mitigada por el placer del bien hacer? Pero para poder ver la meta de tantas atenciones, sería preciso que las palabras “poderío” y “reputación” tuvieran un sentido en su mente, que se enterara de que hay una clase de hombres que cuentan por algo las miradas del resto del universo, que saben ser felices y contentos de sí mismos más con el testimonio de los demás que con el suyo propio. Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas esas diferencias: el salvaje vive en sí mismo mientras que el hombre sociable, siempre fuera de sí, no sabe vivir sino en la opinión de los demás y es, por así decirlo, de esta opinión exclusiva que saca el sentimiento de su propia existencia.
No está en mi tema poner de manifiesto cómo de una tal disposición dimana tanta indiferencia para el bien y el mal, con tan hermosos discursos moralizadores; cómo, al reducirse todo a las meras apariencias, todo se vuelve ficticio y fingido: el honor, la amistad, la virtud y con harta frecuencia hasta los propios vicios respecto de los cuales se encuentra finalmente el secreto de glorificarse; cómo, en una palabra, preguntando siempre a los demás lo que somos y no atreviéndonos nunca a interrogarnos nosotros mismos al respecto, en medio de tanta filosofía, humanidad, cortesía y máximas sublimes, no tenemos más que una apariencia engañosa y frívola, un honor sin virtud, una razón sin sabiduría, y un placer sin felicidad. Me basta con haber demostrado que ese no es el estado original del hombre y que el propio espíritu de la sociedad y la desigualdad que engendra son los que cambian y alteran, pues, todas nuestras inclinaciones naturales.
He tratado de exponer el origen y el progreso de la desigualdad, el establecimiento y el abuso de las sociedades políticas, en la medida en que estas cosas pueden deducirse de la naturaleza del hombre a través de las únicas luces de la razón e independientemente de los Dogmas sagrados que le confieren a la autoridad soberana la sanción del Derecho divino. De esta exposición se desprende que siendo casi nula la desigualdad en el estado natural, ésta saca su fuerza y su incremento del desarrollo de nuestras facultades y de los progresos del espíritu humano, y por fin se vuelve estable y legítima mediante el establecimiento de la propiedad y de las Leyes.
Se desprende además, que la desigualdad moral, autorizada únicamente por el Derecho positivo, es contraria al derecho natural cuantas veces no interviene en la misma proporción que la desigualdad física; diferencia que determina suficientemente lo que cabe pensar acerca de la clase de desigualdad que reina entre todos los pueblos civilizados, puesto que es un hecho que está manifiestamente en contra de la ley natural el que un niño mande a un anciano, que un imbécil guíe a un hombre sabio y que un puñado de gentes reviente de cosas superfluas mientras que la multitud hambrienta carece de lo indispensable.
JEAN JACQUES ROUSSEAU, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Ediciones Península, 1976. Traducción de Melitón Bustamante Ortiz. [FD, 27/10/2008]


Honor, Virtud, Razon, Sabiduria, Placer y Felicidad:
Van de la mano.


FUENTE: