20 de febrero de 2012

La envidia desde el punto de vista psicoanalitico


El trabajo completo pueden encontrarlo en el siguiente enlace: http://apa.org.ar/wp-content/uploads/revista_psicoanlisis_n3_2010.pdf#page=84

La envidia se define como el sentimiento de amargura que causa la percepción

de que otro tiene lo que uno quiere y que provoca el impulso a dañarlo.

Consideremos la parte de la frase que expresa “lo que uno quiere”

ya que no se trata de cualquier cosa sino de la que el sujeto desea. En otras

palabras, la envidia requiere del deseo para existir.

Se podrá argumentar que el envidioso no siempre desea al objeto que

busca destruir, a veces basta que otro posea algo para sacarlo de sus casillas.

Pero en este caso, lo que se desea es la potencia del otro representada por

la inteligencia, la belleza, el dinero, etc. y ahí se dirige la envidia; el daño al

objeto, fantaseado o real, es una forma de herir al envidiado. Es en el terreno

de los celos –que son más fácilmente aceptados que la envidia por el que los

padece– donde se puede ver con claridad este fenómeno. “Él no me interesa

en absoluto” dirá una mujer refiriéndose a su ex esposo, y agrega, “Hace

mucho que dejé de quererlo pero no soporto verlo en brazos de otra”. Volviendo

a la envidia, el envidioso siempre desea algo que el otro tiene, ya sea

el objeto en sí mismo, o la capacidad de poseerlo.

No hay envidia sin deseo, pero podemos ir más allá e invertir la cuestión

¿Podrá haber deseo sin envidia? La experiencia parece ser categórica: sí,

existen deseos muy puros que no son contaminados por la envidia. Al revés

de la envidia que necesita del deseo, a éste no le haría falta la envidia. Dejemos,

con todo, esta afirmación entre paréntesis ya que la cosa puede no

ser tan simple como aparenta.

El deseo es doloroso, pero normalmente el dolor de no haber conseguido

aún lo anhelado casi no se siente, tan intensa es la exaltación del deseo que

el malestar pasa desapercibido. En el envidioso, en cambio, las magnitudes

se invierten. El dolor de no tener es tan penetrante que ensombrece la alegría

que supone imaginar la futura posesión. Frente a ese dolor, provocado por

la importancia del objeto, se alza la defensa más radical: la degradación. El

objeto deberá ser rebajado a la magnitud en la que el dolor sea soportable.