12 de julio de 2012

Los sietes pecados capitales: La soberbia es el Rey


Guárdame también de la soberbia,
que nunca instale en mí su dominio;
Entonces seré un hombre perfecto y limpio
del pecado más grave”
(Salmo 19:13 versión Latinoamericana)

Los siete pecados fueron mencionados por San Gregorio Magno en el siglo VI, y por Dante Alighieri, en La Divina Comedia y aunque en la Biblia no son citados de esta manera, se encuentran implícitos en toda su extensión.
Los siete pecados capitales son una clasificación de los vicios mencionados en las primeras enseñanzas del cristianismo para educar a sus seguidores acerca de la moral cristiana. La Iglesia católica romana divide los pecados en dos categorías principales.
 El término «capital» no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados. De acuerdo a santo Tomás de Aquino (II-II:153:4).
La identificación y definición de los pecados capitales a través de su historia ha sido un proceso fluido y ―como es común con muchos aspectos de la religión― con el tiempo ha evolucionado la idea de lo que envuelve cada uno de estos pecados. Ha contribuido a estas variaciones el hecho de que no se hace referencia a ellos de una manera coherente o codificada en la Biblia y por tanto se han consultado otros trabajos tradicionales (literarios o eclesiásticos) para conseguir definiciones precisas de los pecados capitales.
 Al principio del cristianismo, todos los escritores religiosos ―Cipriano de Cartago, Juan Casiano, Columbano de Lexehuil, Alcuino de York― enumeraban ocho pecados capitales.
 El número siete fue dado por el papa Gregorio Magno y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.
La soberbia no es sólo el mayor pecado según las escrituras sagradas, sino la raíz misma del pecado. Por lo tanto de ella misma viene la mayor debilidad.
No se trata del orgullo de lo que tú eres, sino del menosprecio de lo que es el otro, el no reconocer a los semejantes.
Quizá lo más pecaminoso de la soberbia sea que imposibilita la armonía y la convivencia dentro de los ideales humanos. Nuestros destinos son enormemente semejantes: todos nacemos, todos somos conscientes de que vamos a morir, todos compartimos necesidades, frustraciones, ilusiones y alegrías. Que alguien se considere al margen de la humanidad, por encima de ella, que desprecie la humanidad de los demás, que niegue su vinculación solidaria con la humanidad de los otros, probablemente ése sea el pecado esencial. Porque negar la humanidad de los demás, es también negar la humanidad de cada uno de nosotros, es negar nuestra propia humanidad. No hace falta remontarse a la teología para convertir en pecaminosa la soberbia.
La soberbia, como todos los pecados, tiene distintas gradaciones.
Ocurre que hay momentos en los que se toma como soberbio a quien sobresale por sus virtudes. El vicio tiene que ver con la representación de la excelencia, pero no con la excelencia en sí misma. El excelente no tiene la culpa de serlo.

La soberbia es el amor excesivo de la propia excelencia. Se cuenta ordinariamente entre los siete pecados capitales. Santo Tomás, sin embargo, confirmando la opinión de San Gregorio, lo considera el rey de todos los vicios, y pone en su lugar la vanagloria como uno de los pecados capitales. Al darle esta preeminencia lo toma en su significado más formal y completo. Entiende que es esa estructura mental en la que un hombre, a través del amor a la propia valía, aspira a alejarse de la sujección a Dios Todopoderoso, y no hace caso de la órdenes de los superiores. Es una especie de desprecio de Dios y de los que tienen su encargo. Considerado así, es por supuesto un pecado mortal de la especie más atroz. De hecho Santo Tomás lo clasifica en este sentido como uno de los pecados más negros. Por él la criatura rechaza permanecer en su órbita esencial; vuelve su espalda a Dios, no por debilidad e ignorancia, sino solamente porque en su autoexaltación no se molesta en someterse. Su actitud tiene probablemente en sí algo de satánica, y probablemente no se verifica a menudo en los seres humanos. Una clase menos atroz de soberbia es la que implica que uno piense muy bien de sí mismo indebidamente y sin la suficiente justificación, sin tomar ninguna disposición para repudiar sin embargo el dominio del Creador. Esto puede suceder, según San Gregorio, o bien porque el hombre se considera a sí mismo como el origen de cuantas ventajas puede discernir en sí, o porque, aunque admita que Dios se las ha concedido, reputa que esto ha sido en respuesta a sus propios méritos, o porque se atribuye dones que no tiene, o, finalmente, porque incluso cuando estos son reales, busca irrazonablemente ponerlos por delante de los demás. Suponiendo que la convicción indicada en los dos primeros casos se abrigara seriamente, el pecado sería grave y tendría la culpa adicional de herejía. Ordinariamente, sin embargo, esta persuasión errónea no existe; es la conducta lo que es reprensible. Los dos últimos casos, hablando en términos generales, no se considera que constituyan ofensas graves. Esto no es verdad, sin embargo, cuando la arrogancia de un hombre es la ocasión de un gran daño para otro. El mismo juicio debe hacerse cuando la soberbia ha dado origen a tal disposición del alma que en persecución de su objetivo uno está dispuesto a todo, incluso al pecado mortal. La vanagloria, la ambición y la presunción son habitualmente enumeradas como los vicios hijos del soberbia, porque están bien adaptados para servir a sus desordenados fines. Todos ellos son pecados veniales salvo que alguna consideración extrínseca los coloque en el rango de las transgresiones graves. Debe señalarse que la presunción no significa aquí el pecado contra la esperanza. Significa el deseo de intentar lo que excede la propia capacidad.



JOSEPH F. DELANY Transcrito por Jim Holden Traducido por Francisco Vázquez