9 de septiembre de 2014

Tu eres Bisexual?




Puede parecer evidente, pero todavía existe mucha gente que cree que la bisexualidad es un paso intermedio hacia la homosexualidad y no un tipo de sexualidad en si misma. Por esta razón muchos bisexuales se sienten discriminados tanto por los heterosexuales como por los propios homosexuales que no acaban de comprender su sexualidad –incluso en Ambiente G hemos leído comentarios de algunos lectores que dudaban de su existencia-.
Pero ahora ya tienen evidencias científicas que demuestran la existencia de la bisexualidad. Un estudio realizado por la Universidad Northwestern y publicado en la revista científica Biological Psycology, afirma que los hombres bisexuales muestran excitación hacia hombres y mujeres.
Siendo más concretos, incluso han podido afirmar que los hombres bisexuales muestran más excitación hacia el sexo que menos los excita que los hombres gays o heterosexuales. También han constatado que los hombres bisexuales tienen una sexualidad más fluida que el resto de hombres y que puede cambiar con el tiempo.
Esta investigación no hace más que confirmar las teorías sobre la sexualidad humana que Alfred Kinsey introdujo en los años 40.
Por alguna razón la sociedad en general tiene menos dudas sobre la posible flexibilidad de la sexualidad femenina, pero no deja de ser extraño que sea necesario hacer este tipo de estudios para confirmar cosas obvias.
Últimamente han aparecido algunos estudios sobre ellos. Uno de ellos, realizado en Australia, afirma que son las personas que padecen más stress y depresión y que son los que tienen mayor cantidad de pensamientos negativos. Estos hechos son atribuidos al de no tener una orientación sexual clara y a la presión que supone el tener una inclinación diferente al resto. Otro estudio, esta vez del British Journal of Psychiatry, sostiene que los homosexuales y los bisexuales son más proclives al suicidio, etc.. Hay un tercer estudio, realizado por psicólogos de Toronto y de Chicago, que pone en duda la existencia de verdaderos bisexuales recurriendo a una curioso experimento con aparatología pseudocientífica. Colocan en los genitales de los sujetos que se declaran bisexuales sensores que miden la excitación sexual y los estimulan con imágenes más o menos explícitas y confirmaron que los hombres que decían ser bisexuales resultaban ser homosexuales que no deseaban poner al descubierto su verdadera identidad. Conclusión: todo el mundo es monosexual, término éste aun no consagrado por el uso y que podría significar que todos tenemos nuestra sexualidad dominada por un solo fantasma fundamental, por más que tengamos una multitud de fantasmas secundarios que acompañan y enriquecen dicho fantasma fundamental.
Muchas veces se invoca la tesis freudiana de la bisexualidad originaria para afirmar nuestra condición bisexual adulta. Lo que Freud dice es que hay bisexualidad en el origen; luego, el sujeto se decide como puede por una inclinación y reprime la otra, alineándose en algún bando, pero no mantiene la indefinición por mucho tiempo. Se aduce también que todos los heterosexuales tienen una veta homosexual que puede llegar a ser importante en muchos casos. Es completamente cierto, como es cierto que muchos homosexuales tienen una veta hétero insospechada hasta por ellos mismos y la prueba es que la mayor parte de los galanes hollywoodenses de la época de oro eran homosexuales pero que exhalaban mucha más masculinidad que otros heterosexuales y la platea femenina lo percibía inequívocamente.
A pesar de todo esto, el ideal sexual que se impone en Occidente a partir de los 80 es claramente bisexual y con ello se quiere decir que las personas pueden experimentar ahora con su sexualidad más allá de lo que hasta entonces se estimaba decente o decoroso. Todo ello es el resultado de la revolución sexual de los 60 que proclamaba el amor libre y desprejuiciado. El hippismo, el “Prohibido prohibir” del mayo francés, el flower power, el “paz y amor” de los jóvenes, la liberación femenina, etc., seguido por el cinismo pragmático de los yuppies de los 80 van todos en la misma dirección de permisividad y apertura de las costumbres. Pero todo esto no pasa de ser una descripción sociológica de fenómenos de masas, lo que a nosotros nos interesa y compete es ver todo este proceso como un efecto no sólo de la decadencia del Nombre del Padre, sino también de la imposibilidad radical de encontrar una manera de escribir la diferencia de los sexos, de allí que la salida es difuminar la frontera que los separa o bien recurrir a la proliferación de “sexualidades” intermedias entre lo masculino y lo femenino.
No hay que confundir, según Lacan, sexuación con elección de objeto y es preciso, además, asumir que el fundamento de la sexuación no pasa tanto por los avatares de las identificaciones sexuales, aunque éstas son muy importantes, sino por la imposibilidad irreductible de las relaciones entre los sexos, siendo los modos en que cada cual vive y practica la sexualidad  diferentes maneras de remontar y habitar dicha imposibilidad. No hay relación sexual o, lo que es lo mismo, no hay un objeto designado que convenga adecuadamente a la pulsión,  pero sí hay Klischee[16] o fantasma que de alguna forma la pone en escena. Y respecto a las múltiples identidades u orientaciones sexuales queda el problema de saber si se trata en cada caso de una especie de esencia o si, por el contrario, es el resultado de una construcción conforme a modelos culturales complejos.
La deconstrucción de la sexualidad moderna ha descompuesto y liberado sus elementos constitutivos dejando como efecto una identidad sexual laxa y polivalente que contrasta con la “monosexualidad” como modelo predominante. El futuro que se cierne sobre nosotros es, al parecer, una progresiva licuación de las certezas y de las definiciones. El matrimonio monogámico será, dentro de esta lógica, la próxima víctima y debemos prepararnos para codearnos con entidades matrimoniales que cuenten con más de dos individuos. El matrimonio gay podría llegar a ser mal visto por monogenérico y machista; el feminismo, por su parte, está comenzando a ser percibido como sexista y fanático. Seremos compelidos a mostrarnos amplios y tolerantes, aun cuando, a pesar de ello, las dicotomías y disociaciones del pasado renacerán o resurgirán, puesto que es necesario que algo esté mal y sea urgente cambiarlo. El malestar a corregir es, por lo que se viene viendo, una cosa imprescindible y nos retrotrae a la vieja idea kantiana de la infinita perfectibilidad como determinación (Bestimmung) fundamental del hombre. Por otro lado, como dice Freud, no hay que preocuparse por destruir las construcciones en función de las cuales viven los pacientes, muchas veces fantasiosas y antojadizas, pues las reponen incansablemente y con presteza. Del mismo modo, es bien posible que no debamos temer al ímpetu iconoclasta de la deconstrucción postmoderna, justamente a causa de que la actividad mitopoyética de la maquinaria cultural opera con tal celeridad que apenas queda tiempo para un resuello y asisitimos a la proliferación de nuevas oposiciones binarias que apuntalan nuevas formas de logo-, falo- y egocentrismo.
FUENTE:
[1] Véanse los artículos de Heriberto Boeder publicados por Ed. Quadrata bajo el título El final de juego de Derrida, Buenos Aires, 2004.
[2] Habría que agregar, como lo hace Derrida, el falocentrismo en el campo de la sexualidad. Véase más abajo.
[3] Nos referimos al ya clásico La violencia de la interpretación.
[4] Véanse Michel Foucault y sus contemporáneos (1994) y Reflexiones sobre la cuestión gay (1999).
[5] Cuatro en realidad; ellos son Homofobia en Jacques Lacan I y II y Para acabar con J. Lacan I y II, cuyo título da para hacer algún chiste un poco obsceno.
[6] La pederastía era, asimismo, una institución social presente en muchas culturas y que asegura la trasmisión de la masculinidad de una generación a otra.
[7] Véase el Seminario IV.
[8] Habría, después de todo, un falocentrismo en Lacan, aunque debe quedar claro que el falo no es una posesión masculina que confiere autoridad a su posesor, etc.. El falo como significante de la falta debe ser distinguido del falo como objeto imaginario que circula entre las personas y que sí puede ser visto como propiedad de alguien. Las fórmulas de más abajo aclaran un poco más la diferencia entre tener y semblantear que se tiene.
[9] Ver Seminario IV.
[10] Ver Seminario XX y siguientes.
[11] La lengua sólo tiene nombres de hombre y de mujer para ofrecer, si bien en muchas de ellas hay una cantidad de nombres que pueden indistintamente ser usados por ambos géneros: en castellano, Carmen, Isabel, Inés y Rosario son ejemplos de tal ambigüedad.
[12] Nos referimos a los travestis actuales, a los que la tecnología permite jugar con la idea de ser casi mujeres verdaderas, y no a los travestidos de otrora que apenas podían disfrazarse..
[13] Ello gracias a la ciencia machista, etc..
[14] Foucault decía que ya el hecho mismo de clsificar es perverso.
[15] Fisgoneando en la Internet, se tropieza con estos estudios, bastante dudosos, a mi ver, pero que reflejan cierto estado de ánimo acerca de la cuestión de la bisexualidad..
[16] En Dinámica de la Transferencia (1912), Freud dice que emergemos de la infancia con un clisé (Klischee) sexual que tendemos a repetir durante toda nuestra vida, aunque, merced al análisis, es posible alcanzar algunas pequeñas modificaciones en él. Todo esto luego se transforma luego en la travesía o atravesamiento del fantasma en Lacan.