24 de diciembre de 2015

La antropofagia en los indios del Continente americano

FUENTE:  http://www.filosofia.org/hem/dep/rde/re075545.htm


El canibalismo se saca del escenario ritual y se le considera como un hecho del que se tiene noticia por boca de terceros. Pero resulta adecuado para relacionar a los pueblos así denominados, en categorizaciones de bárbaros, bellacos, feras, sepulturas de hombres, que los convertían, a ojos peninsulares, en seres inferiores[30].

Antropólogos e historiadores cuestionan la creencia en la antropofagia y hablan de la existencia de un ritual mágico-religioso que enmarca estas prácticas. Así, el concepto de caníbal tendría un sentido ritual, que los europeos convirtieron en sinónimo de antropofagia, con la ingestión de carne humana por gusto, que se consideró un acto repugnante para la civilización occidental. Esta situación en la práctica en nada se diferencia del animal carroñero que se alimenta con los despojos de individuos de su propia especie, como un estado peculiar de las sociedades incivilizadas. El canibalismo sería una evidencia de que el grupo que la práctica se encuentra debajo del nivel humano, según el punto de vista del que transmite el episodio.

Uno de estos autores, Silva Galdames, cuestiona el pensar el concepto de antropofagia como sinónimo de canibalismo basado en el estudio de diferentes contextos rituales de la América prehispánica:

“El canibalismo […] tiene como propósito absorber el espíritu que habita en algunos órganos del cuerpo humano en la convicción que así se adquirirán las cualidades y destreza demostradas por un individuo en sus diarias actuaciones y, al mismo tiempo, se evitarán las temidas venganzas”[31].

Claude Kappler, apoyado en Mircea Eliade, concuerda con la existencia de un canibalismo ritual, religioso de iniciación, y reconoce que los viajeros no estaban interesados en entender rituales de quienes eran vistos con vicios monstruosos, de costumbres salvajes[32].

Basado en un exhaustivo levantamiento de fuentes sobre canibalismo, el antropólogo William Arens, en su libro The Man-Eating Myth, levanta un debate polémico al concluir que la antropofagia nunca existió ni en el Nuevo Mundo ni en África. Para este antropólogo los registros sobre el canibalismo no son confables, porque surgen de rumores, sospechas y acusaciones de terceros, siendo difundidos como reales por personas que nunca vieron directamente a alguien comer carne humana y que no hablaron la lengua de los captores. Arens cuestiona que, en las fuentes existentes, falta una base empírica adecuada y un sustento etnográfco:

“This conclusion is based on the fact that, excluding survival conditions, I have been unable to uncover adequate documentation of cannibalism as a custom in any frm for any society. Rumors, suspicions, fears and accusations abound, but no satisfactory frst-hand account. Learned essays by professionals are unending, but the sustaining ethnography is lacking. The argument that a critical re-examination is both a necessary and a proftable exercise is based on the premise that cannibalism by defnition is an observable phenomenon. Following this, the evidence for its existence should be derived from observation by reliable sources. Again it is worth asking, why is it that an act which is both so fascinating and repugnant to us should merely be assumed to exist rather than documented? This study examines some of the facets of this peculiar situation and suggests that for layman and scholar alike the idea of cannibalism exists prior to and thus independent of the evidence. I have marshaled the available material support this premise, rather than manipulating the data to generate the kind of foregone conclusion which characterizes the present thinking on this topic”[33].

Arens organiza dos tipologías sobre las prácticas del canibalismo basado en el estudio de relatos recogidos en diferentes partes del mundo. La primera tipología está formada a partir de lo consumido:

“The most generally used taxonomy includes (1) endocannibalisn, which refers to eating a member of one´s own group; (2) exocannibalism, indicating the consumption of outsiders; and (3) autocannibalism, signifying ingesting parts of one´s own body, if that can be imagined. In this fnal instance, when an individual is forced to eat part of his own fesh, the cannibal and the victim become one and the same”[34].

De acuerdo a esta tipología las prácticas antropofágicas del Nuevo Mundo oscilaban entre el endocanibalismo, en el interior del grupo, en la misma tribu, normalmente familiares; y el exocanibalismo, al exterior o fuera de la comunidad, sobre individuos de otras tribus o pueblos[35]. Las guerras tenían la función de abastecer estos últimos con víctimas, enemigos, no sólo para la antropofagia, pero también para otros tipos de sacrificios rituales, como ocurría frecuentemente con los méxicas[36] y con los tupinambás[37] que sacrifcaban a los cautivos de guerra[38]. En el verbete canibalismo del Dicionário do Brasil Colonial, Ronald Raminelli es más preciso con relación a las descripciones coloniales sobre las prácticas caníbales:

“[...] o exocanibalismo, comum entre os tupis, e o endocanibalismo, praticado, segundo cronistas coloniais, pelos chamados tapuias do nordeste. Entre os primeiros, os festins canibalescos faziam parte da guerra. O prisioneiro era conduzido à aldeia, onde, mais tarde, encontraria a morte em ritual marcado pela vingança e por demostrações de coragem [...] O endocanibalismo, por sua vez, não se pautaria na vingança contra o inimigo, mas na ingestão da carne de amigos ou parentes já mortos. Entre tapuias, não haveria melhor túmulo do que as entranhas dos companheiros [...] O endocanibalismo atribuído aos tapuias pode, no entanto, ser relativizado, pois há notícia de missionários e colonos por eles devorados [...]”[39].

Estas categorías deben ser tomadas de forma relativa. No son aceptadas por los antropólogos, pero ayudan a organizar los relatos sobre canibalismo del siglo XVI. Gran parte de las imágenes realizadas sobre la antropofagia y el canibalismo hecha por los europeos sobre los nativos del Nuevo Mundo, fueron en su mayoría dedicadas al exocanibalismo, muchas veces como complemento de imágenes de guerras entre los grupos indígenas. Las imágenes sobre el endocanibalismo son bastante raras, mucho menos frecuentes y exigen un mayor conocimiento e interés etnográfco por parte de quien las registraba[40].

La segunda tipología propuesta por Arens está construida sobre las motivaciones del acto: “This results in the recognition of (1) gastronomic cannibalism, where human fesh is eaten for its taste and foot value; (2) ritual or magical cannibalism, identifying an attempt to absorb the spiritual essence of the deceased; and (3) survival cannibalism indicating a resort to this normally prohi-bited behavior in crisis conditions”[41].

La primera categoría denominada por Arens de canibalismo gastronómico está determinada por el paladar, el sabor de la carne humana. La segunda, por un ritual mágico enmarcando estas prácticas y la tercera, como resultado de condiciones de crisis, es decir, situaciones extremas de supervivencia tales como hambrunas, guerras o asedios prolongados[42].

Contrariamente a las hipótesis de Arens, investigaciones recientes desarrolladas por arqueólogos y antropólogos en Mesoamérica y Norteamérica (suroeste) apoyados por los avances científcos han encontrado evidencias reales que comprueban la práctica del canibalismo[43]. Analizando en el laboratorio los co-prolitos hallados en excavaciones arqueológicas, los resultados arrojaron la presencia de una proteína humana llamada mioglobina, lo que comprobaría el consumo de carne humana. Siendo así, nos debemos preguntar cuáles fueron las motivaciones religiosas o de otro tipo para realizar estas prácticas.

Por su parte los arqueólogos que realizan estas polémicas investigaciones ya han descartado que dichas prácticas fueran resultado de hambrunas o de pueblos primitivos, debido a que contrariamente a lo que se cree estas prácticas fueron realizadas por sociedades prósperas y sofsticadas. Tales evidencias arqueológicas recientes no justifcan de ninguna manera que las informaciones de los textos de Indias escritos por Colón, Vespucio, Pedro Simón, Juan de Borja, Pedro de Aguado o Cieza de León, entre muchos, otros sean confables; por otro lado, nos invitan a ser muy cuidadosos en las conclusiones apresuradas a las que podamos llegar.

Las conclusiones del profesor Arens son muy generalizadas y radicales, pero es importante destacar un punto importante con relación al análisis de los relatos sobre el canibalismo, como alerta este autor y que se debe tener en consideración: la crítica de la fuente, es decir, no tomar como verdades literales las informaciones de los relatos en donde la sospecha del canibalismo ya existía antes que la evidencia. Sobre este respecto es importante anotar que la forma de escribir en el siglo XVI tenía un modo particular en que la narración debía tener el objetivo de persuadir, es decir, el arte de la retórica[44]. Existían manuales que indicaban técnicas y funciones de la retórica y cómo ésta enseñaba a argumentar desde la Biblia y los clásicos[45].

La retórica lleva a una encrucijada: ¿Hasta qué punto podemos confar en la información de los textos de Indias? ¿Son sólo producto de la retórica y de una tradición literaria medieval o son materiales que aportan informaciones, descripciones de episodios y situaciones que en parte ocurrieron y que deben ser descodifcadas? Las variadas respuestas son parte de un debate actual por parte de los especialistas en la Colonia, respuestas que están sin resolverse y que forman parte de otra propuesta de investigación, la de los alcances y limitaciones de los textos de Indias.

Específcamente, se puede pensar en la idea preconcebida de los comedores de carne humana en el caso del primer viaje de Colón, en el que los europeos supieron de los caribes y de sus prácticas antropofágicas a través de los taínos. Los representantes del Viejo Mundo no llegaron a ver pruebas reales de antropofagia durante el primer viaje, salvo el episodio del Diario de Colón del lunes 17 de diciembre de 1492:

“[...] Mandó que los marineros pescasen con redes; los indios se alegraron mucho con los cristianos y les trajeron algunas fechas de las usadas por los canibais o caníbales, hechas de tallos de caña de azúcar. Dos hombres mostraron que les faltaban algunos pedazos de carne en el cuerpo y dieron a entender que los caníbales los habían comido a dentadas [...]”[46].

En el recorrido de la segunda navegación al nordeste, en la isla de San Luis de Marañón, actual Brasil, Vespucio comenta un episodio similar:

“[...] No barquinho abandonado, havia quatro rapazes não nascidos daquela gente, mas raptados em terra estrangeira, de que tinham decepado os membros viris, como se via pelas feridas recentes. Aquilo nos causou grande admiração. Depois que os recolhemos aos botes, com gestos nos deram a entender que eles os haviam raptado para comê-los, indicando ao mesmo tempo que aquela gente, feroz e cruel, comedora de carne humana, era chamada canibal [...]”[47].

Las evidencias que tenían Colón, Vespucio y otros cronistas estaban basadas en lo que oían, es decir, en testimonios de terceros sobre sus enemigos. En realidad, no encontraron pruebas materiales, salvo las supuestas heridas de los cuerpos que observaron, pero tales testimonios dudosos fueron sufcientes para difundir esa costumbre entre los habitantes de las Antillas, posteriormente del Brasil y de otras regiones del Continente.

Después de la ocupación antillana, especialmente durante los siglos XVI en que fueron diezmados los grupos caribes, algunos quedaron relegados a las pequeñas Antillas donde sobrevivieron después de la ocupación insular. Con la Conquista continental la ‘leyenda negra’ fue trasladada a las nuevas fronteras de expansión, a otros espacios geográficos y a nuevos grupos étnicos del Nuevo Mundo, que se resistieron a la dominación europea. Los siglos XVIII y XIX mirarán con ojos más etnográficos a estos grupos caribes sobrevivientes, retirando parte del aura malévola asociada a las guerras y al canibalismo (Imagen No. 8), en cuyo grabado la mujer caribe es representada como ‘buen salvaje’, en actitud amigable, ya sin armas o referencias al canibalismo. Las imágenes europeas realizadas por viajeros sobre los caribes en el siglo XIX habían perdido la asociación con el canibalismo y prevalecía más el interés etnográfico.
Por canibalismo entendemos aquí el acto de que un ser devore a un semejante. En este sentido estricto, de todos los vertebrados superiores puede decirse que el canibalismo es un extravío casi exclusivamente humano. Limitándonos a los animales más perfecta y complejamente constituidos es muy cierto el refrán que dice que «un lobo no come a otro lobo». En cambio, la especie humana llega a veces a extravíos tan espantosos en este sentido que el célebre aforismo latino homo hominis lupus (el hombre es un lobo para el hombre) resulta un pálido reflejo de la realidad, por cuanto que el hombre hace con sus semejantes lo que un lobo no hace con otro.


Pasando a animales más inferiores, suelen citarse casos famosos de canibalismo, por ejemplo: el alacrán o escorpión hembra, que devora al macho después del apareamiento. También son célebres en este sentido los ortópteros, conocidos con el nombre de Mantis religiosa y vulgarmente por los de beata, prega a Deu, cerbatana, &c. Se ha visto a hembras de esta especie, no obstante el aspecto recogido a que aluden sus nombres, aceptar la cópula de varios de sus famélicos, degradados e insignificantes machos y devorarlos después de las nupcias tranquilamente. El gran entomólogo francés Fabre crió en cautividad una de estas hembras, y le fue sirviendo machos a intervalos de varias horas. Ocho de éstos infelices fueron devorados por la terrible comadre. En las larvas xilófagas, o sea devoradoras de madera, que excavan galerías en el interior de los troncos, es frecuente que si dos galerías se encuentran, una de las larvas devore a la otra y pase a través de su cuerpo. Pero harto [546] deshonor es para la especie humana que tengamos que descender para encontrar un paralelo a sus costumbres antropófagas a los seres más rudimentarios de la escala animal, donde no resplandece el más leve destello de soñoliento intelecto. Volviendo a los hombres, y más particularmente a los indios de América, hemos de distinguir la antropofagia propiamente dicha de la antropofagia ritual, que tiene más disculpa. La primera es sencillamente la monstruosa costumbre de comer habitualmente carne humana. La segunda se refiere a una creencia religiosa que se cumplía por mandato de los dioses en los cuerpos sacrificados a la divinidad.
El hecho del canibalismo ritual es indudable en la mayoría de las razas indígenas de América, desde los pieles rojas dolicocéfalos de Canadá hasta los fueguinos o patagones. Ni aun los grandes pueblos o imperios, cuyo grado de cultura en el momento de la conquista tanto se ha ponderado, pueden salvarse de tan terrible inculpación. Sacrificios humanos, seguidos de banquetes rituales, se celebraban en Méjico ante las grotescas figuras de Huitzilopochtli, el dios de la guerra, cuyo gran teocalí o templo de Tenochtitlan fue testigo de tan horrendas carnicerías. Igualmente a los dioses mayores, Quetzalcohatl, dios del viento y al dios del día o sol, llamado Tetzcatlipoca telpochtli (el joven), se les aplacaba con espantosas matanzas, seguidas generalmente de repugnantes banquetes en que se devoraban los cuerpos de las víctimas sacrificadas. No menos cruel era el culto al dios menor Chalchiuhtlicue, y, en general, en toda la América Central, donde influenció la poderosa civilización azteca, se seguían estos ritos sangrientos. Por ejemplo: en los Güetares de la península de Nicoya. Del reprochable vicio de antropofagia ritual no se salvó tampoco la importante cultura Maya ni los pueblos Chibchas. Quizá los que puedan librarse de esta imputación en el momento de la conquista sean los Incas, pues aunque ante las figuras de sus dioses Pachacamac o Pachayachachi y Huiracocha se sacrificaban víctimas humanas, no hay noticias ciertas de que fueran luego devoradas.


Pero aparte del canibalismo ritual, ¿existió en América el canibalismo propiamente dicho? Por mucho que algunos autores quieran negarlo o disculparlo, la antropofagia tuvo allí terribles cultivadores. Por habernos dedicado ahora casi exclusivamente al estudio de la etnografía de Colombia y Venezuela hablaremos sólo de los caribes, espantosas hordas, verdadero azote de aquellos territorios, antes de la conquista. Pero, desde luego, no es sólo a la nación caribe a la que se le puede llamar antropófaga en América.
El Dr. Julio Salas, profesor de Sociología de la Universidad de Mérida en Venezuela, tiene un meritorio libro titulado Los caribes. Estudio sobre el origen del mito de la antropofagia. [547] En él pretende demostrar que los caribes no fueron antropófagos y anota falsas noticias propagadas por los primeros cronistas sobre esta cuestión. Sin embargo, no puede negarse la gran parcialidad con que trata las costumbres de estos salvajes. En cierto pasaje describe los horrendos suplicios dados por los caribes a sus prisioneros y cómo les hacían tremendas sajaduras para aplicar a ellas la boca y arrancar pedazos de carne palpitante. Y luego de relatar con frase patética estos repulsivos detalles, añade: «Cuando llegaron los españoles supieron de boca de los indios dóciles los horrores que aquéllos ejecutaban, lo cual dio lugar a la inculpación de antropofagia dada a esta nación». Pues ¿qué? ¿No le parece al Dr. Salas suficiente motivo para llamarles antropófagos el verles cometer tan espantosas hazañas?
No se puede negar tan terrible lacra a la nación caribe. Citaré otro ejemplo de un ilustrado autor colombiano, el Sr. Cuervo Márquez, académico de Historia de Bogotá. Cito siempre autores indígenas porque son los que pueden tratar con más cariño a estos salvajes, y es de presumir que en caso de que sufra la verdad es por el lado que los beneficia, no por el que exagera sus terribles costumbres. Dicho etnólogo, refiriéndose a ciertas tribus caribes, principalmente a los paeces, panches y yalcones, dice:
«Casi todas ellas eran antropófagas, hasta el extremo de que su único alimento consistía en la carne humana, y para procurársela vivían en constante guerra las unas con las otras, sin que las alianzas ni la consaguinidad de tribu fueran bastante para retraerlos de esta costumbre, que ya era vicio tan feroz como sanguinario. Basta un ejemplo: en el año 1540, los paeces confederados con los yalcones, dieron, a órdenes del cacique Pioanza, varios asaltos a la naciente población de Timaná; en el último de ellos, el combate se libró sólo con los escuadrones yalcones, que fueron rechazados con notables pérdidas. Los paeces presenciaron la derrota desde una altura, y una vez que estuvo consumada, no se preocuparon sino de hacer la cacería a sus aliados derrotados; capturaron un gran número, y con ellos tuvieron abundante provisión de carne por mucho tiempo. Al pueblo de Carnicerías, en vecindario de los paeces, le dieron los españoles este nombre porque allí encontraron mataderos y mercado público de carne humana.»
En estas feroces tribus se hizo célebre la terrible indígena llamada la Gaetana, que tan espantosa venganza tomó de la muerte que a su hijo dieron los españoles. El blanco de esta horrenda represalia fue el desgraciado capitán Añasco. Fray Pedro Simón nos da cuenta de este suplicio en sus Noticias Historiales, con las siguientes palabras:
«Dejando correr con la furia que quisieron los extremos de su encono y venganza, esta vieja, lo primero en que los executó fue, como a otro Mario Romano, en sacarle los ojos, para con esto acrecentarle los deseos de la muerte. Horadóle luego ella por su propia mano, por debajo de la lengua y metiéndole por ella una soga y dándole un grueso nudo, lo llevaba tirando de ella de pueblo en pueblo y de mercado en mercado, haciendo grandes fiestas con el miserable preso, desde el muchacho hasta el más anciano, celebrando todos la victoria, hasta que habiéndosele hinchado el rostro con monstruosidad y desencajadas las quijadas con la fuerza de los tirones, viendo que se iba [548] acercando a la muerte, le comenzaron a cortar, con intervalos de tiempo, las manos y brazos, pies y piernas, por sus coyunturas, hasta que le llegó la muerte.»
* * *
Mi objeto al contar estas terribles escenas no ha sido el de rebajar la catadura intelectual o moral del indio americano en su totalidad. Sólo he pretendido que se reaccione un tanto contra ciertos autores americanos que quieren presentarnos en todo momento al indígena como una víctima inofensiva. A veces, el invasor sería cruel; pero había ocasiones en que el enemigo que tenía delante estaba formado por los seres más feroces y sanguinarios que ha habido sobre la Tierra, y en esos casos los duros castigos empleados con el vencido eran una casi natural ley de guerra. Si no hubiera habido hombres con el temple suficiente para contender con tan feroces tribus, gran parte del territorio americano estaría aún entregado a la más abyecta barbarie.
Bibliografía
Aguado, Fray Pedro. Historia de Venezuela (escrita en 1581). Caracas, 1915.
Beuchat, H. Manuel d'Archeologie Americaine. París, 1912.
Brinton. The American Race. New York, 1891.
Barras de Aragón, F. de las. Notas para un curso de Antropología, Madrid, 1927.
Genet et Chelbatz. Histoire des peuples Mayas quitchues. México.
González Suárez, Federico. Los aborígenes de Imbabura y del Carchí. 1910.
Hansen. Lagoa-Santa Racen. Copenhaguen, 1888.
Marcano, G. Etnografía precolombiana de Venezuela,
Mendoza, Daniel. Los Llaneros. Madrid, 1920.
Milla, D. J. Historia de la América Central. Guatemala, 1879.
Morkran, C. The Incan of Perú. Londres, 1912.
Moulín, Jean. Guaicapuro, el último hombre libre de las selvas del Mar Océano. Publicada en 1918.
Ober, F. A. Aborigines of the West Indies. Worcester, 1894.
Ocampo, Maestre Juan de. El fiero Yaracuy (escrita en 1605). P. en 1918.
Posnansky, Arthur. Breves reflexiones sobre el origen de los Incas. Santiago de Chile, 1911.
Posnansky, Arthur. Os Indios Prauimaris e Ipurinas no Rio Purús. Pará. 1898.
Raymond. L'historia maya d'apres les documents en langue yucateque. París, 1892.
Restrepo Tirado, Ernesto. Las invasiones caribes antes de la conquista española.
Rojas, Arístides. Orígenes venezolanos. 1891.
Rosa, G. de la. Les caras de l'Equater. París, 1908.
Restrepo, Vicente.-Los chibchas antes de la conquista española, 1815.
Salas, Dr. Julio C. Etnología e Historia de Tierra Firme. Madrid, 1908.
Salas, Dr. Julio C. Los indios caribes. Madrid, 1920.
Spinder, H. J. Ancient civilizations of México and Central América. New York, 1917.
Stoll, O. Zur Etnogrphie der Republik Guatemala. Zurich, 1880.
Uhle, M. Verwandaschaften und wenderungen der Tschibcha. Berlín, 1890.
Zapta, Fray Nemesio de la C. Vida del guerrero bárbaro Nicariguan (escrita en 1684). Madrid, 1918. 

Por favor perdone mi absoluta falta de objetividad científica a este respecto, pero esto sobrepasa cualquier límite y personalmente me parece abominable y vomitivo. Si yo hubiese estado con los sobrevivientes de Los Andes, preferiria comer hielo y resar, antes que meterme en la boca a un ser humano. Con el corazón prefiero mil veces ser vegeteriana.