22 de mayo de 2016

Tú entiendes el dolor de un niño al ser abandonado?


Excelente artículo:
Fuente: Somos todos: http://www.somostodosuno.com/articulos.asp?id=9269


Cuántas veces, aun estando en presencia de alguien, tenemos la nítida sensación de que en cualquier momento podemos ser abandonados? ¿Cuántas veces, ante un retraso, sentimos verdadero pánico? ¿Cuántas veces nos desesperamos ante la posibilidad de que la persona amada pueda dejarnos?





Quien ha vivido el abandono durante la infancia puede sentir un miedo incontrolable a que le dejen, procurando evitar a toda costa ser abandonado nuevamente. Cuando hablamos de abandono, éste no lo es solamente en casos en que un crío es literalmente abandonado por sus padres, por quienes esperaba ser amado y cuidado, sino aquellos que son abandonados a través de la negligencia de sus necesidades básicas, de la falta de respeto por sus sentimientos, del control excesivo, de la manipulación por la culpa, aunque ocultos, durante la infancia. Las criaturas abandonadas, psicológica o realmente, entran en la vida adulta con una noción profunda de que el mundo es un lugar peligroso y amenazador, no confiando en nadie porque en realidad no han desarrollado mecanismos para confiar en sí mismas.

El abandono está directamente relacionado con situaciones de rechazo registradas en la infancia y puede intensificarse a lo largo de toda la vida, principalmente cuando se vivencian otras situaciones de rechazo y/o abandono. Cada vez que vivenciamos situaciones de pérdida es como si estuviésemos reviviendo la situación original de abandono, que difícilmente se olvida. Podemos, sí, reprimir, huir de esos sentimientos, pero raramente conseguimos lidiar sin sufrimiento con cualquier posibilidad de pérdida y/o rechazo. Cuando somos rechazados en nuestro modo de mirar, expresar, hablar, comer, sentir, existir, no obteniendo el reconocimiento de nuestro valor, principalmente cuando somos niños, es inevitable que esto se registre como abandono, pues de alguna manera, aunque sea inconsciente, nos abandonamos a nosotros mismos para convertirnos en quienes se espera que seamos. Se siente abandonado quien no se ha sentido por encima de todo amado y eso puede sentirse antes incluso de nacer, aún en el útero materno. Padres que rechazan a sus hijos durante la gestación pueden dejar muchas secuelas, en nosotros, adultos. Todo crío está aterrorizado ante la perspectiva del abandono. Para el niño, el abandono por parte de los padres equivale a la muerte, pues además de sentirse abandonado, él mismo aprende a abandonarse.

Según percibimos, consciente o inconscientemente, y aún de muy pequeños, que la manera en cómo procedemos no agrada a nuestros padres, vamos intentando adecuarnos o adaptar nuestra forma de ser y, poco a poco, distanciándonos de quienes somos de verdad, procediendo de manera a ser aceptados. Es cuando se empieza a desarrollar lo que llamamos un falso self, se pasa a un estado de incomunicación con uno mismo, generando una sensación de vacío. El falso self es un mecanismo de defensa, pero que dificulta el encuentro con el self verdadero. Es muy común que niños que nacieron en familias con algún desequilibrio proveniente de alcoholismo, agresividad, malos tratos, o cualquier otro tipo de abuso, hayan sufrido la negación de su verdadero yo. Niños que han sufrido en silencio y sin llorar, o como relatan algunos: llorando por dentro, pueden aprender a reprimir sus sentimientos, pues una criatura solo puede demostrar lo que siente cuando hay alguien allí que pueda aceptarla completamente, escuchando, comprendiendo y dándole apoyo, lo cual en estos casos, raramente sucede. Puede pasar que ese crío se desarrolle de modo a revelar solamente lo que es esperado de él, difícilmente sospechando cuánto existe de sí mismo por detrás de las máscaras que ha tenido que crear para sobrevivir.

Algunos padres, inconscientemente, en una tentativa de encubrir su falta de amor – lo cual es muy común, por más asustador que sea para algunos – declaran muchas veces su amor por los hijos de una forma repetitiva y mecánica, como si necesitasen demostrarse a sí mismos su amor, en la cual los críos sienten que sus palabras no se corresponden con sus verdaderos sentimientos, pudiendo generar una búsqueda desesperada de ese amor, que puede extenderse durante toda la vida. Quedarse solos para esas personas puede ser una defensa para evitar nuevamente el abandono, generando un conflicto constante entre la necesidad de ser cuidados y el medio a ser abandonados.
Es muy común que el niño se sienta abandonado en familias muy numerosas, donde hay muchos hermanos y los padres no son capaces de dar atención a todos. O cuando los padres constantemente están ausentes por los más diferentes motivos, sea en función del trabajo excesivo, viajes, enfermedades, internamientos constantes, o incluso por la dificultad para cuidar de un crío, no logrando hacer que éste se sienta amado ni deseado en aquella familia.
La sensación de ser valorado es esencial para la salud mental. Esa certidumbre debe ser obtenida en la infancia. Por eso la calidad del tiempo que los padres dedican a sus hijos indica a éstos el grado en que sus padres les valoran. Por otra parte, el niño que es verdaderamente amado, sintiéndose valorado cuando crío, aprenderá a cuidar de sí mismo de todas las maneras que fueren necesarias, no abandonándose cuando adulto. Al igual que los niños que pasaron la mayor parte de su tiempo con personas que eran pagadas para cuidar de ellos, en colegio interno, distante de sus padres, sin recibir amor verdadero, aun teniendo todo lo que el dinero puede comprar, podrán ser unos adultos semejantes a cualquier otro que de niño haya tenido un hogar caótico y disfuncional, crecido con el sentimiento de ser poco valioso, no merecedor del cuidado de nadie, pudiendo tener mucha dificultad para cuidar de sí mismo. O sea, la manera en cómo nos cuidamos cuando adultos, muchas veces refleja la manera en cómo fuimos cuidados de niños.

Tenemos que llegar al punto de perdonar a aquellos que de alguna forma nos han abandonado o causado un dolor profundo. Para algunos, esa es una tarea fácil, pero hay que admitir que para otros puede ser prácticamente imposible. ¿Cómo perdonar a un padre bruto, que le hacía trabajar desde muy pequeño, o pedir dinero, que consumía después en el juego y la bebida? ¿Cómo perdonar a un padre que abusó sexualmente de la hija, o psicológicamente del hijo? ¿Cómo perdonar a una madre que encerraba a los hijos en el armario o en la habitación de al lado, mientras se encontraba con otro hombre dentro de la casa, o cuando dejaba a los hijos solos en casa diciendo que iba a trabajar, cuando verdaderamente iba a divertirse? ¿Cómo perdonar a unos padres que siempre han ocultado la verdad, insistiendo en la mentira? ¿Cómo perdonar a un hermano que abusó sexualmente de la hermana? ¿Cómo perdonar a un padre que pegaba constantemente a la madre en presencia de los hijos? ¿Cómo perdonar a aquellos que robaron la infancia y la inocencia de muchos críos? ¿Cómo perdonar a aquellos que te dejaron, que te abandonaron? No es posible perdonar si el perdón se entiende como negación del hecho, pues es preciso sentir el dolor que ha quedado reprimido en nuestra alma. Perdonar no significa aceptar, sino permitirnos sentir y expresar toda la rabia y dolor reprimidos y encontrar caminos saludables que puedan transformar esos sentimientos en experiencia y aprendizaje.

Al hacernos más conscientes de nuestras heridas, entre ellas las generadas por el abandono, podemos actuar sobre aquello que hemos vivenciado, aprendiendo a respetar nuestros sentimientos más profundos, asumiendo la responsabilidad por los cambios que podemos permitirnos vivenciar en el momento presente. No se trata de regreso al hogar, porque muchas veces ese hogar nunca ha existido. Es el descubrimiento de un nuevo hogar, el que cada uno de nosotros puede construir, sin abandonarse más.