19 de junio de 2020

Neurobiología de la mentira




Mentir es un comportamiento complejo, no existe un centro de la mentira sino múltiples áreas cerebrales que interactúan. Cada tipo de mentira requiere su propio conjunto de procesos neuronales. Giorgio Ganis y Stephen Kosslyn (de la Universidad de Harvard en Massachusetts), han constatado que las mentiras bien organizadas requieren la activación de distintas partes del cerebro y altas dosis de concentración. De hecho comprobaron las diferencias cerebrales que hay entre una mentira espontánea y una elaborada
La mentira espontánea parece estimula una parte del lóbulo frontal relacionado con el funcionamiento de la memoria y la mentira elaborada estimula otra parte distinta de la corteza frontal derecha relacionada con la memoria episódica. La memoria episódica se relaciona con las experiencias de la vida centradas en uno mismo y es necesaria para recordar el pasado e imaginar el futuro.
Según este estudio realizado por Ganis y Kosslyn, ambos tipos de mentira siguen redes neuronales diferentes y, a la vez, ambas son distintas a cuando se dice la verdad. En la mentira espontánea, hay una huella más fuerte en el córtex cingular anterior, área que facilita la supresión de lo que habría sido una respuesta verdadera. Además presumiblemente es más rica en detalles ya que se basan en imágenes visuales o sentimientos que están codificados en varias partes del cerebro.



Cuando las mentiras son elaboradas o ensayadas hay una mayor activación en la zona del córtex frontal anterior derecho, área involucrada en la activación de la memoria episódica como he indicado en el párrafo anterior.
La mentira y la verdad involucran distintos tipos de trabajo cognitivo. 


La mentira es capaz de estimular regiones en la corteza cerebral que se activan durante ciertas actividades de memoria y pensamiento. Mentir implica un procesamiento más profundo que decir la verdad. En el acto de mentir están implicados varios procesos cognitivos con su representación cerebral correspondiente como: la toma de decisiones, la implicación de emociones positivas y negativas y la memoria.



Las personas mentirosas son menos propensas a preocuparse por asuntos morales. 


Las personas cuando toman decisiones morales utilizan la corteza prefrontal. En estudios con mentirosos patológicos, mediante el procedimiento de resonancias magnéticas, se ha comprobado que estos tienen una reducción de su sustancia gris y aumento de la sustancia blanca en comparación a los controles normales. Además, cuando se miente se activan las zonas del córtex frontal que desempeñan un papel en la atención y concentración y las áreas de vigilancia para evitar posibles errores y suprimir la verdad.

En la mentira se da una carga cognitiva que provoca una mayor activación de las mismas zonas. 



Las zonas cerebrales que participan tanto en la verdad como en la mentira son el lóbulo frontal, sistema límbico y lóbulos temporales (derecho e izquierdo) con la diferencia de que en la mentira son más la áreas que se activan en estas zonas, destacando el sistema límbico que es donde residen las emociones positivas y negativas.


La mentira puede ser considerada como un mecanismo de defensa que se desarrolla en el cerebro y que puede entrar en acción cuando nos sentimos amenazados. Es necesario afrontar nuestros errores y no caer en la mentira ya que el coste puede ser muy caro porque al final el mundo irreal al que podemos llegar nos conduce a un gran vacío, desequilibrio psicológico e inseguridad, llegando a una soledad absoluta y una baja autoestima.

 

Durante el acto deshonesto, áreas cerebrales implicadas en el control ejecutivo se ven comprometidas. Por ejemplo, la corteza parietal posterior y la corteza prefrontal dorsolateral inhiben respuestas veraces y activan nuestra memoria de trabajo (ten Brinke et al., 2015). Esta última es la que nos permite almacenar temporalmente información y combinarla con el recuerdo de experiencias pasadas, es decir, mientras estamos mintiendo o engañando, nuestro cerebro trabaja evitando dar información verídica del suceso en cuestión, además de proveernos de información necesaria, obtenida de nuestro propio almacén de información y de nuestro entorno, para estructurar dicha mentira y mantener el hilo de la conversación 

De la misma manera que nuestro cerebro da muestras de que estamos anticipando o realizando un acto deshonesto, existen cambios fisiológicos relacionados que dejan huella en nuestro organismo. Las primeras exploraciones científicas de cómo la fisiología podría revelar a un mentiroso, se centraron en el polígrafo o también conocido como "detector de mentiras", el cual registra las variaciones de la presión arterial, el ritmo cardíaco, la frecuencia respiratoria, estímulos nerviosos y la conductancia de la piel, durante una entrevista estructurada. Por otro lado, existen estudios sobre como nuestro sistema neuroendocrino esta vinculado a los actos deshonestos, demostrado por la participación de dos hormonas, la testosterona y el cortisol. 

La testosterona es la hormona sexual principal masculina, sin embargo, está presente en ambos sexos (en menor cantidad en las mujeres). Algunas investigaciones sugieren que esta hormona se asocia con una disminución de nuestra empatía con el mundo; otros estudios muestran que está relacionada con una mayor tolerancia al riesgo y con la insensibilidad al castigo; además, se ha visto que estimula la búsqueda de comportamientos antisociales tales como violaciones de las reglas, por lo cual se sugiere que la testosterona podría asociarse a una mayor prevalencia de actos deshonestos (Dabbs et al., 1995; Popma et al., 2007 y Coates & Herbert, 2008, citados por ten Brinke et al., 2015). Por su parte, aumentos en los niveles en sangre del cortisol, conocido como “la hormona del estrés”, se han visto vinculados con los comportamientos deshonestos, que a su vez se asocian con un aumento de la presión arterial, la aceleración del ritmo cardíaco, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas (Lee et al., 2015, citado por ten Brinke et al., 2015).

Sin duda, podemos observar que de manera individual, el acto de mentir involucra diversos procesos fisiológicos que se reflejan en todo nuestro organismo, sin embargo, si consideramos que somos seres sociales, que es factible que las personas que nos rodean nos pueden ver, robar, engañar o mentir, podemos preguntarnos ¿serán simples observadores pasivos o se convertirán en víctimas de nuestras acciones deshonestas? En este sentido, ten Brinke y sus colaboradores demostraron que el simple hecho de ver a alguien mintiendo, provoca cambios fisiológicos similares cuando experimentamos situaciones que amenazan nuestra supervivencia. 

El conjunto de evidencias acumuladas hasta el momento nos da una visión de los cambios funcionales y fisiológicos a corto plazo que se asocian a la generación de historias falsas y/o a la participación en actos deshonestos y que, es probable que directa e indirectamente, tengan un impacto negativo en nuestra salud. Sin embargo, hasta el momento hay poca información sobre las consecuencias a largo plazo para nuestro organismo, lo cual deja abierta la posibilidad de futuras investigaciones. 
Fuente de información
Giorgio Ganis y Stephen Kosslyn (de la Universidad de Harvard en Massachusetts) en Sally Satel,Scott O. Lilienfeld, Brainwashed: The Seductive Appeal of Mindless Neuroscience. Basic book, N.Y. (p.91)
ten Brinke, L., Lee, J. J.&Carney, D. R. (2015). Thephysiology of (dis) honesty: doesitimpacthealth?. CurrentOpinion in Psychology, 6, 177-182.

DePaulo, B. M., Kashy, D. A., Kirkendol, S. E., Wyer, M. M.& Epstein, J. A. (1996). Lying in everydaylife. Journal of personality and social psychology,70(5), 979.

Feldman, R. S., Forrest, J. A.&Happ, B. R. (2002). Self-presentation and verbal deception: Do self-presenters lie more?. Basic and applied social psychology, 24(2), 163-170.